«¿Y cuántas sesiones voy a necesitar?». Es una de las primeras preguntas que me hacen, a menudo ya en la primera llamada. Y es una pregunta muy razonable: empezar terapia supone tiempo, energía y dinero, y es normal querer saber a qué te comprometes.
Me encantaría poder darte un número. Pero si te lo diera sin conocerte, no estaría siendo honesta contigo. En este artículo quiero explicarte por qué no existe una respuesta única y, sobre todo, qué factores influyen en la duración, para que puedas hacerte una idea de en qué punto podrías estar tú.
Si es la primera vez que lees sobre EMDR, te recomiendo empezar por qué es la terapia EMDR y las ocho fases del protocolo, porque te ayudarán a entender mejor lo que te cuento aquí.
En resumen: el número de sesiones de EMDR depende de cada persona. Un trauma único, reciente y en una persona con buenos apoyos puede necesitar relativamente pocas sesiones. Un trauma complejo, repetido durante años, suele requerir un proceso más largo, con una fase de preparación más extensa. Influyen el tipo de trauma, su duración, tu estabilidad actual, tus recursos personales y lo que quieras conseguir. La duración se revisa juntas a lo largo del proceso.
Por qué no existe una respuesta única
Imagina que preguntas a una fisioterapeuta cuántas sesiones necesitarás para recuperarte de una lesión. Te dirá que depende: no es lo mismo un esguince reciente que una lesión antigua que lleva años compensándose con malas posturas, ni es lo mismo una persona que hace ejercicio que alguien que lleva meses sin moverse.
Con el EMDR pasa algo parecido. Como te explicaba en cómo funciona la terapia EMDR, lo que trabajamos son recuerdos que se quedaron «atascados». Y no es lo mismo un único recuerdo que una red de recuerdos entrelazados a lo largo de toda una infancia.
Además, la terapia no es solo el reprocesamiento. Incluye conocerte, prepararte con recursos de calma, trabajar el pasado, el presente y el futuro, y consolidar los cambios. Cada una de esas partes puede llevar más o menos tiempo según la persona.
Por eso desconfía de quien te prometa un número cerrado antes de conocerte. Lo que sí puedo hacer, tras las primeras sesiones, es darte una orientación realista y revisarla contigo por el camino.
Los factores que influyen en la duración
1. El tipo de trauma
Es, probablemente, el factor que más pesa.
Trauma único. Es una experiencia concreta y delimitada: un accidente, una agresión puntual, un diagnóstico médico impactante, presenciar algo terrible. Cuando la persona no arrastra otras heridas importantes, el trabajo suele ser más directo. Hay estudios en los que, con traumas únicos en adultos, unas pocas sesiones de reprocesamiento han sido suficientes para lograr mejoras importantes.
Trauma complejo. Son experiencias dolorosas repetidas, normalmente en relaciones de las que dependíamos: crecer con miedo, críticas constantes, abandono emocional, abuso. Aquí no hay un solo recuerdo, sino muchos conectados entre sí, y a menudo han afectado a cosas muy profundas, como la forma de verte a ti misma o de relacionarte con los demás. El proceso suele ser más largo y se hace con más cuidado. Te lo explicaba en Comprender el trauma y en qué problemas puede tratar el EMDR.
Quizá recuerdes a Paula, del artículo de las ocho fases: no podía volver a conducir tras un accidente. Su caso era un trauma único, con algún recuerdo de la infancia conectado. Ahora piensa en Rocío, de 38 años, que creció con un padre alcohólico y una madre que no podía protegerla, y que hoy encadena relaciones en las que se siente invisible. El trabajo con Rocío no se mide en un puñado de sesiones, sino en meses. Y no porque su terapia funcione peor, sino porque su historia es más larga.
2. La duración y el momento del trauma
No es lo mismo algo que pasó una vez que algo que se repitió durante años. Cuanto más tiempo se mantuvo una situación dolorosa, más recuerdos hay que procesar y más se ha organizado la vida alrededor de ella.
También influye cuándo ocurrió. Las experiencias de la infancia, especialmente las más tempranas, suelen dejar una huella más profunda, porque ocurrieron cuando todavía no teníamos recursos para entenderlas ni para protegernos. Y también influye el tiempo que ha pasado desde entonces: a veces, cuanto más tiempo llevamos conviviendo con un malestar, más se ha extendido a otras áreas de la vida.
3. Tu estabilidad actual
Antes de trabajar recuerdos difíciles, es importante que tu vida presente tenga un mínimo de estabilidad. Si estás atravesando una crisis, si sigues en contacto con una situación de violencia o si te sientes desbordada a diario, la prioridad será estabilizarte primero.
Esto no significa que no puedas empezar terapia hasta que todo esté en calma. Significa que las primeras sesiones se dedicarán a crear un suelo firme: regular las emociones, mejorar el descanso, construir recursos de calma. Es la fase de preparación, y en algunas personas dura unas pocas sesiones y en otras bastante más.
Puede parecer que ese tiempo «retrasa» la terapia, pero es justo al revés: ir despacio al principio es lo que permite avanzar de verdad después. Y muchas personas notan mejoras importantes ya en esta fase.
4. Tus recursos personales
Llamamos recursos a todo lo que te ayuda a sostenerte: las personas en las que confías, las cosas que te calman, tu capacidad para notar lo que sientes y para volver a la calma, momentos de tu vida en los que te sentiste capaz o querida.
Cuantos más recursos tengas, más fácil suele ser acercarse a los recuerdos difíciles y procesarlos. Si, en cambio, has crecido sin apoyo, te cuesta identificar lo que sientes o tiendes a desconectarte cuando algo duele, dedicaremos tiempo a construir esos recursos. No es un defecto tuyo: es lo que te tocó aprender para sobrevivir, y se puede cambiar.
También influye tu vida actual: si tienes una red de apoyo, tiempo para cuidarte entre sesiones o una situación laboral y familiar más o menos estable.
5. Tus objetivos terapéuticos
No todas las personas buscan lo mismo en terapia, y eso también influye.
Hay quien viene con un objetivo muy concreto: «quiero volver a conducir», «quiero dejar de tener pesadillas», «quiero poder ir a la consulta del médico sin un ataque de pánico». Cuando el objetivo está bien delimitado, el proceso suele serlo también.
Y hay quien viene con algo más amplio: «quiero dejar de repetir el mismo tipo de relación», «quiero sentir que valgo», «quiero entender por qué vivo siempre en alerta». Son objetivos igual de válidos, pero implican trabajar más capas.
Además, los objetivos pueden cambiar por el camino. A veces alguien viene por una cosa concreta y, al resolverla, decide seguir trabajando otras. O al revés: consigue lo que quería y decide terminar. Las dos opciones son legítimas, y la decisión siempre es tuya.
Una orientación general
Con todo lo anterior en mente, y entendiendo que cada caso es único, se puede dibujar un mapa aproximado:
| Situación | Duración orientativa del proceso |
|---|---|
| Trauma único, reciente, con buena estabilidad y apoyos | Relativamente corto: algunas semanas o pocos meses |
| Trauma único con otras heridas antiguas conectadas | Intermedio: varios meses |
| Trauma complejo, repetido en la infancia o en relaciones largas | Más largo: muchos meses, a veces más de un año |
Son orientaciones, no promesas. Lo importante es que revisemos juntas cómo vas, como hacemos en la fase de reevaluación, y ajustemos el plan según lo que vaya ocurriendo.
Algunas cosas que conviene saber
Los cambios suelen notarse antes de terminar. No hace falta llegar al final del proceso para sentir mejoría. Muchas personas notan cambios en la preparación o tras las primeras sesiones de reprocesamiento.
El ritmo no siempre es lineal. Habrá sesiones en las que sientas que avanzas mucho y otras en las que parezca que no pasa nada. Las dos cosas forman parte del proceso, como te contaba en qué se siente durante una sesión de EMDR.
La frecuencia también cuenta. Lo habitual es empezar con sesiones semanales, sobre todo en las fases de preparación y reprocesamiento, y espaciarlas cuando vamos consolidando los cambios. La regularidad ayuda a mantener el proceso en marcha.
Rápido no siempre es mejor. Como vimos en los mitos del EMDR, el EMDR no es una terapia «exprés» que funcione igual para todos. Forzar el ritmo puede ser contraproducente. Lo que buscamos son cambios que se sostengan en el tiempo.
¿Cuántas sesiones necesitarías tú?
La mejor forma de saberlo es empezar por el principio: conocernos. En las primeras sesiones podré entender tu historia, tu momento actual y lo que quieres conseguir, y darte una orientación realista sobre cómo podría ser tu proceso.
Soy Carmen María, psicóloga sanitaria especializada en EMDR y en trauma psicológico. Acompaño a adolescentes y adultos con trauma y trauma complejo, apego ansioso, relaciones tóxicas, ansiedad y duelo, integrando el EMDR con el trabajo corporal y el modelo de partes (IFS). Y cuido especialmente que el ritmo sea el tuyo: ni más rápido de lo que puedes sostener, ni más lento de lo que necesitas.
Atiendo de forma presencial en el barrio del Zaidín, en Granada, y también online.
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Carmen María Martín Fuentes
Colegiada AO13008 | Centro Sanitario NICA 69456