En el artículo anterior, ¿Qué es la terapia EMDR?, te conté qué significan sus siglas, cómo nació y por qué hoy está recomendada por la OMS y por las principales guías clínicas para tratar el trauma. Pero es muy probable que te hayas quedado con una pregunta: vale, pero ¿cómo es posible que mover los ojos ayude a sanar algo tan profundo?
Es la pregunta que más escucho en consulta, y es completamente lógica. En este artículo quiero responderla sin tecnicismos innecesarios. Para entender cómo funciona el EMDR, primero necesitamos entender cómo funciona tu cerebro cuando vive algo que le desborda.
En resumen: según el modelo de Procesamiento Adaptativo de la Información, el cerebro tiene una capacidad natural para digerir lo que vivimos. Cuando una experiencia es demasiado intensa, ese proceso se bloquea y el recuerdo queda guardado «en crudo», con las emociones, sensaciones y creencias del momento. El EMDR ayuda a desbloquear ese procesamiento: mientras la persona conecta con el recuerdo desde la seguridad del presente, la estimulación bilateral facilita que el cerebro lo integre y lo conecte con información más sana.
El cerebro también sabe sanar: el modelo de Procesamiento Adaptativo de la Información (PAI)
El EMDR se apoya en una idea central que Francine Shapiro llamó Procesamiento Adaptativo de la Información, o PAI. Puede sonar complicado, pero la idea es muy intuitiva.
Piensa en cómo funciona tu cuerpo cuando te haces un corte. No necesitas decirle a la piel que se cierre: el cuerpo tiene sus propios mecanismos de curación y, si nada lo impide, la herida cicatriza sola. Pero si se queda una astilla dentro, o la herida se infecta, la curación se bloquea. Por mucho que esperes, sigue doliendo.
El PAI propone que la mente funciona de una manera parecida. Tenemos un sistema natural que procesa lo que nos pasa: lo digiere, extrae lo que nos sirve para aprender y lo archiva como parte de nuestra historia.
Por ejemplo: imagina que discutes con una amiga. Esa noche le das vueltas, quizá duermes regular, al día siguiente lo hablas con alguien de confianza. A los pocos días puedes recordar la discusión sin que te remueva tanto. Has sacado alguna conclusión («a veces hablo desde el enfado», «para mí es importante que me escuchen») y el recuerdo ha quedado conectado con todo lo que ya sabes sobre ti, sobre ella y sobre las relaciones. Eso es procesamiento adaptativo: el cerebro ha hecho su trabajo.
Según este modelo, nuestros recuerdos se organizan en redes de memoria: conjuntos de experiencias conectadas entre sí por temas, emociones o sensaciones parecidas. Cuando algo se procesa bien, se une a esas redes y queda disponible para orientarnos en el futuro. El problema aparece cuando el proceso se interrumpe.
Cómo se almacenan los recuerdos traumáticos
Cuando vivimos algo que nos desborda (un accidente, una humillación, una pérdida repentina, una situación de miedo intenso o de abandono), el sistema de procesamiento puede saturarse. Es como si el cerebro dijera: «Esto es demasiado, ahora solo puedo sobrevivir».
En ese modo de supervivencia, la prioridad no es entender ni aprender, sino protegerse. Y el recuerdo se guarda de una forma particular: tal cual se vivió, sin digerir. Con las imágenes, los sonidos, los olores, las sensaciones del cuerpo, las emociones y también las creencias que se formaron en aquel momento, como «estoy en peligro», «es culpa mía» o «no valgo nada».
Explicado de forma muy simplificada, la parte del cerebro que se encarga de detectar amenazas trabaja a pleno rendimiento, mientras que las áreas que normalmente nos ayudan a poner las cosas en contexto («esto pasó entonces, en este lugar, y ya terminó») quedan en segundo plano. Por eso los recuerdos traumáticos a menudo no se sienten como pasado. Se sienten como algo que sigue ocurriendo.
Esto explica muchas cosas que las personas me cuentan en consulta y que les hacen sentir «raras» o «exageradas»:
- Reaccionar con un miedo desproporcionado ante algo aparentemente pequeño.
- Saber algo con la cabeza («no fue culpa mía») pero no poder sentirlo.
- Notar el cuerpo tenso, en alerta o bloqueado sin un motivo claro.
- Repetir una y otra vez el mismo tipo de relación aunque sepas que te hace daño.
No es que estés exagerando. Es que una parte de tu sistema nervioso sigue respondiendo a una experiencia que nunca terminó de procesarse.
Si quieres profundizar en qué cuenta como trauma (y por qué no hace falta haber vivido una catástrofe para que algo deje huella), te recomiendo leer Comprender el trauma.
Por qué algunas experiencias quedan «atascadas»
No todo lo doloroso se convierte en un recuerdo atascado. Dos personas pueden vivir una situación parecida y que a una le deje huella profunda y a la otra no. Esto no tiene nada que ver con ser más fuerte o más débil. Influyen varios factores:
La intensidad y el desbordamiento. Cuando la emoción supera nuestra capacidad de gestionarla en ese momento, el procesamiento se interrumpe.
La edad. Un niño o una niña tiene muchos menos recursos para entender y regular lo que le pasa que un adulto. Lo que de mayores podríamos procesar, en la infancia puede quedarse grabado como una amenaza total. Por eso tantas heridas de la adultez tienen raíces muy tempranas.
La falta de apoyo. Este es uno de los factores más importantes. Muchas veces lo que convierte una experiencia difícil en traumática no es solo lo que pasó, sino estar sola o solo con ello. Que nadie te consolara, que no te creyeran, que tuvieras que hacer como si nada.
La repetición. Cuando una experiencia dolorosa se repite (críticas constantes, desprecio, miedo en casa, una relación de maltrato), no hay tiempo de recuperarse entre una y otra. Es lo que llamamos trauma complejo.
La sensación de no poder hacer nada. Las situaciones en las que no podemos huir ni defendernos, en las que el cuerpo se queda paralizado, tienden a quedar especialmente grabadas.
Te pongo un ejemplo. Andrea tiene 15 años. En primero de la ESO, un grupo de compañeras la dejó de lado durante meses: dejaban de hablar cuando llegaba, se reían a su espalda. Ella no se lo contó a nadie porque le daba vergüenza. Ahora, dos años después y en otro instituto, cada vez que ve a un grupo de chicas reír cerca de ella siente un nudo en el estómago y la certeza de que se ríen de ella. Su cabeza le dice que probablemente no es así. Pero aquel recuerdo, vivido en soledad y repetido día tras día, se quedó atascado con su emoción original (vergüenza), su sensación corporal (el nudo) y su creencia («hay algo malo en mí»).
Cómo facilita el EMDR el reprocesamiento
Aquí es donde entra el EMDR. Si el problema es que el sistema natural de procesamiento se bloqueó, el objetivo de la terapia es ayudar a que vuelva a ponerse en marcha, esta vez en condiciones de seguridad.
En una sesión de reprocesamiento ocurren varias cosas a la vez:
1. Activamos el recuerdo de forma controlada. Te pediré que conectes con una imagen del recuerdo, con la creencia negativa asociada, con la emoción y con lo que notas en el cuerpo. No hace falta que lo cuentes con todo detalle si no quieres: el trabajo ocurre más dentro de ti que en la conversación.
2. Mantienes un pie en el presente. Esto es lo que llamamos atención dual: una parte de ti está conectada con el recuerdo y otra parte está aquí, en la consulta, siguiendo mi mano con la mirada o notando unos toques suaves alternos. Esta doble atención es clave, porque permite acercarte a lo que pasó sin quedar atrapada de nuevo en ello. Una imagen que usamos mucho es la de ir en un tren mirando el paisaje por la ventanilla: el paisaje pasa, pero tú estás sentada en el vagón, a salvo.
3. La estimulación bilateral facilita el procesamiento. Mientras mantienes esa atención dual, los movimientos oculares (o los toques o sonidos alternos) parecen ayudar a que el recuerdo pierda intensidad y a que el cerebro empiece a moverlo. Hay varias hipótesis sobre por qué ocurre: una de las más estudiadas propone que, al ocupar parte de nuestra memoria de trabajo, el recuerdo se vuelve menos vívido y más manejable; otras lo relacionan con los procesos que ocurren durante el sueño REM, cuando el cerebro consolida lo que hemos vivido. Quiero ser honesta contigo: los mecanismos exactos todavía se investigan. Lo que sí está bien documentado es que el tratamiento funciona.
4. El recuerdo se conecta con lo que ya sabes. A medida que avanza el procesamiento, el recuerdo atascado empieza a enlazarse con las redes de memoria más sanas: con lo que sabes ahora como adulta, con tus recursos, con la experiencia de que sobreviviste. Por eso muchas personas notan cambios espontáneos durante la sesión: aparecen otros recuerdos, la imagen se vuelve más borrosa o más lejana, el cuerpo se relaja, surge una comprensión nueva.
Volviendo a Andrea: tras el reprocesamiento, ella podía recordar aquel curso sin el nudo en el estómago. Y su creencia cambió desde dentro, no porque yo se la dijera: «Aquello me pasó a mí, pero no fue porque yo fuera mala. Tenía 12 años y estaba sola».
Esto es lo que hace distinto al EMDR: no te pido que te convenzas de nada. Es tu propio cerebro el que llega a la conclusión sana cuando se le dan las condiciones para hacerlo.
Y algo importante: el reprocesamiento no es lo primero que hacemos. Antes dedicamos el tiempo necesario a conocer tu historia y a construir recursos de calma y seguridad. Esto es especialmente importante cuando hay trauma complejo. En el próximo artículo del bloque te explicaré las ocho fases del EMDR para que sepas exactamente qué esperar.
Una recomendación de cine: No tengas miedo (2011)
Si quieres acercarte a cómo se vive el trauma por dentro, te recomiendo la película No tengas miedo (2011), de Montxo Armendáriz. Cuenta la historia de Silvia, una joven que sufrió abusos sexuales en la infancia y que, con veinticinco años, decide plantar cara a todo lo que la mantiene atada a su pasado: personas, emociones y miedos.
Lo que más me gusta de esta película es cómo muestra algo que hemos visto en este artículo: que el pasado no se queda en el pasado cuando no se ha podido procesar. Silvia es adulta, pero su cuerpo, sus relaciones y su miedo siguen atados a lo que vivió de niña. Y muestra también que salir de ahí es posible, aunque requiera valor y acompañamiento. No es casualidad que distintos equipos de psicología la utilicen en su trabajo con personas que han sufrido abusos.
Un aviso con cariño: es una película dura, calificada para mayores de 16 años. Si tú misma has vivido experiencias de abuso, valora si es buen momento para verla, o si prefieres hacerlo acompañada o con el apoyo de tu terapeuta.
Trabaja tu historia con una psicóloga especializada en EMDR
Entender cómo funciona el EMDR ya es un primer paso: te ayuda a mirar tus reacciones con más comprensión y menos juicio. Lo que te pasa tiene sentido. No estás rota, ni eres débil, ni exageras. Hay experiencias que se quedaron esperando a ser procesadas, y eso se puede trabajar.
Soy Carmen María, psicóloga sanitaria especializada en EMDR y en trauma. El EMDR es el eje de mi trabajo clínico, y lo es hasta el punto de dar nombre a mi consulta. Acompaño a adolescentes y adultos con trauma complejo, apego ansioso, relaciones tóxicas y duelo, y tengo una especial dedicación a la adolescencia, una etapa en la que intervenir a tiempo puede cambiar el rumbo de una vida.
Integro el EMDR con el trabajo corporal y el modelo de partes (IFS), porque el trauma no solo se guarda en la memoria: también vive en el cuerpo y en las partes de nosotros que aprendieron a protegerse. Y cuido especialmente el ritmo: ningún recuerdo se toca antes de que tengas los recursos para sostenerlo.
Atiendo en mi consulta del barrio del Zaidín, en Granada, y también online.
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Carmen María Martín Fuentes
Colegiada AO13008 | Centro Sanitario NICA 69456