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En el artículo anterior te conté cómo es una sesión de EMDR: qué hacemos, en qué orden y por qué. Pero hay otra pregunta que suele quedarse flotando, aunque a veces cueste formularla: ¿y qué voy a sentir yo?

Es una pregunta muy legítima. Cuando alguien ha pasado años protegiéndose de un dolor, la idea de acercarse a él puede dar miedo. Por eso quiero contarte con sinceridad lo que suele ocurrir: lo que es habitual, lo que también es normal aunque no lo parezca y lo que conviene que me cuentes si te pasa.

Antes de empezar, una idea que te puede acompañar durante todo el artículo: en EMDR no hay una forma correcta de sentir. Cada persona procesa a su manera, y todas son válidas.

En resumen: durante una sesión de EMDR es normal llorar, notar sensaciones en el cuerpo, que aparezcan recuerdos que no esperabas o, al contrario, no sentir casi nada. Todo forma parte del proceso, y la terapeuta te acompaña en cada momento. Después de la sesión es habitual sentirse cansada, tener sueños más intensos o notar una sensación de ligereza. El cerebro sigue procesando durante unos días.

¿Es normal llorar?

Sí. Es muy normal, y no es una mala señal. Muchas veces es justo lo contrario.

Cuando un recuerdo se quedó atascado, lo hizo con la emoción que hubo en aquel momento y que, muchas veces, no se pudo expresar. Quizá eras pequeña y no había nadie para consolarte. Quizá tuviste que hacerte la fuerte. Quizá en tu casa llorar no estaba permitido. Como te explicaba en cómo funciona la terapia EMDR, esa emoción se quedó guardada esperando, y cuando el recuerdo empieza a procesarse, a veces sale.

Llorar en EMDR no es «venirse abajo». Es dejar salir algo que llevaba mucho tiempo dentro. Muchas personas lo describen como un llanto distinto, que alivia en lugar de hundir.

Pongo un ejemplo. Elena, de 52 años, perdió a su padre hace seis años. En el funeral estuvo pendiente de todo y de todos: de su madre, de sus hermanos, de los papeles. «Yo no lloré nunca. No me dio tiempo», me dijo. En la segunda sesión de reprocesamiento, mientras trabajábamos la imagen del hospital, empezó a llorar como no lo había hecho en años. Al terminar, dijo algo que se me quedó grabado: «Por fin he podido despedirme de él».

Si lloras, no tienes que pedir perdón ni contenerte. Hay pañuelos, hay tiempo y estoy contigo. Y si en algún momento la emoción es demasiado intensa, paramos, respiramos y usamos los recursos que preparamos antes, como vimos en las ocho fases del protocolo EMDR.

¿Y si no siento nada?

También es normal. Y es una preocupación muy frecuente, sobre todo en personas que tienden a exigirse mucho: «¿Lo estaré haciendo mal?».

No lo estás haciendo mal. Hay varias razones por las que puede pasar:

Cada persona procesa de forma distinta. Hay personas muy emocionales y otras más visuales o más racionales. Algunas notan grandes cambios durante la sesión; otras apenas notan nada en el momento, y luego descubren los cambios en su día a día.

El procesamiento puede ser silencioso. A veces el recuerdo cambia sin grandes emociones: simplemente, al volver a él, ya no remueve como antes. Esto también es reprocesar.

Puede ser una forma de protección. Si durante años has necesitado desconectarte de lo que sentías para sobrevivir, es posible que tu sistema siga haciéndolo por costumbre. No es un fallo: es una protección que en su momento te ayudó. En estos casos no se trata de forzar, sino de ir creando poco a poco la seguridad para que esa protección pueda relajarse.

Marcos, de 17 años, me decía en las primeras sesiones: «No noto nada, solo veo tus dedos». Seguimos con calma. Tres semanas después llegó a consulta contando que había entrado en clase de educación física por primera vez en meses sin sentir el nudo de siempre. «No sé qué ha pasado, pero ya no me importa tanto». El trabajo se había hecho, aunque él no lo hubiera notado en la consulta.

Lo que sí te pido es que me cuentes si notas que «te vas»: si sientes que estás como lejos, en una niebla, que las cosas parecen irreales o que pierdes la noción del tiempo. No es grave, pero es información valiosa para que adapte el ritmo y te ayude a volver al presente.

¿Pueden aparecer recuerdos nuevos?

Sí, es bastante habitual. Durante el reprocesamiento, el cerebro va conectando el recuerdo con el que trabajamos con otros que comparten algo con él: una emoción, una sensación, una creencia. Por eso pueden aparecer escenas que hacía tiempo que no recordabas, o que no habías relacionado con lo que te pasa.

Por ejemplo, trabajando una humillación en el trabajo puede aparecer de pronto un recuerdo del colegio, de cuando una profesora te ridiculizó delante de la clase. Al principio parece que no tienen nada que ver. Luego te das cuenta de que comparten la misma sensación: «todo el mundo me está mirando y no valgo». Ese hilo que los une es justo lo que el EMDR ayuda a desenredar.

También pueden aparecer recuerdos agradables o de recursos: una abuela que te cuidaba, un momento en el que te sentiste fuerte. Y eso también es buena señal, porque significa que el recuerdo difícil empieza a conectarse con la parte sana de tu historia.

Quiero añadir algo importante, porque creo que es una cuestión de honestidad. En EMDR no buscamos recuerdos ocultos, ni yo voy a sugerirte lo que pudo haber pasado. La memoria no es una grabación exacta, y lo que aparece durante el procesamiento no siempre es un reflejo literal de los hechos: a veces son imágenes, sensaciones o fragmentos que tienen más valor emocional que documental. Lo que hacemos es trabajar con lo que tu mente trae, sin forzar ni interpretar. Si aparece algo que te inquieta o te genera dudas, lo hablamos con calma.

¿Es normal notar sensaciones corporales?

Sí, muy normal. Como hemos visto en artículos anteriores, el trauma no se guarda solo en la memoria, sino también en el cuerpo. Por eso, cuando un recuerdo se procesa, el cuerpo también participa.

Algunas de las sensaciones más habituales son:

  • Tensión o presión en el pecho, la garganta, el estómago o los hombros, que suele ir cambiando de intensidad o de lugar.
  • Calor o frío, a veces en una zona concreta.
  • Hormigueo en las manos, los brazos o las piernas.
  • Ganas de moverse, de empujar, de encogerse o de apartarse, como si el cuerpo quisiera terminar algo que no pudo hacer en su momento.
  • Bostezos, suspiros o respiraciones profundas, que suelen aparecer cuando algo se suelta.
  • Cansancio o pesadez, sobre todo hacia el final.

Estas sensaciones suelen ser pasajeras: aparecen, cambian y se van a medida que avanza el procesamiento. A menudo cuentan una historia que las palabras no pueden contar.

Laura, de 34 años, había salido de una relación de maltrato. Al trabajar una de las discusiones más fuertes, empezó a notar un calor intenso en los brazos y unas ganas enormes de empujar. Le propuse que dejara que su cuerpo hiciera ese gesto, despacio, apoyando las manos contra un cojín. Empujó. Después respiró hondo y dijo: «En aquel momento me quedé paralizada. Ahora mi cuerpo ha podido hacer lo que no pudo entonces».

En la fase de escaneo corporal, que te expliqué en las ocho fases, comprobamos precisamente que no quede ninguna tensión pendiente antes de dar por terminado un recuerdo.

¿Qué ocurre después de la sesión?

El trabajo no termina cuando sales de la consulta. El cerebro suele seguir procesando durante horas o días, un poco como cuando la digestión continúa después de comer. Esto es lo más habitual:

Cansancio. Muchas personas se sienten agotadas esa tarde, como después de un día intenso o de hacer deporte. Es normal: has hecho un trabajo emocional importante.

Sueños más intensos. Pueden aparecer sueños vívidos, a veces relacionados con lo que trabajamos. Es una de las formas en las que el cerebro sigue ordenando.

Recuerdos o emociones que reaparecen. Puede que te venga a la cabeza alguna escena, o que te sientas más sensible durante un par de días.

Ligereza o claridad. Otras personas sienten justo lo contrario: alivio, ligereza, ganas de hacer cosas, o comprensiones nuevas que llegan de repente mientras están en la ducha o paseando.

Cambios en el día a día. Con el tiempo, lo más significativo suele notarse fuera de la consulta: situaciones que antes te desbordaban y que ahora pasan casi sin darte cuenta.

Algunos consejos para los días después de una sesión:

  • Si puedes, deja la tarde algo más tranquila. No programes una reunión difícil justo después.
  • Cuida lo básico: descansar, comer bien, beber agua, moverte un poco.
  • Usa los recursos que hemos practicado (respiración, lugar de calma) si algo se remueve.
  • Anota lo que notes: sueños, recuerdos, emociones, cambios. No hace falta que lo analices; tráelo a la siguiente sesión y lo revisamos juntas.

Y si en algún momento algo te desborda y no consigues calmarte con tus recursos, escríbeme. Es poco frecuente, pero quiero que sepas que no tienes que pasarlo sola.

Lo que me gustaría que te llevaras

Si tuviera que resumir este artículo en una frase, sería esta: lo que sientas durante el EMDR está bien. Llorar, no sentir nada, recordar cosas nuevas, notar el cuerpo… todo es parte de un mismo proceso: tu cerebro haciendo, por fin, el trabajo que se quedó pendiente.

Y en ese proceso no estás sola. Mi papel es acompañarte, cuidar el ritmo y asegurarme de que cada paso sea seguro.

¿Empezamos?

Soy Carmen María, psicóloga sanitaria especializada en EMDR y en trauma psicológico. Acompaño a adolescentes y adultos con trauma y trauma complejo, apego ansioso, relaciones tóxicas, ansiedad y duelo, integrando el EMDR con el trabajo corporal y el modelo de partes (IFS).

Atiendo de forma presencial en el barrio del Zaidín, en Granada, y también online.

Si te has quedado con alguna duda sobre cómo podrías vivir tú el proceso, escríbeme. Estaré encantada de resolverla.

¿Quieres dar el primer paso?

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Carmen María Martín Fuentes
Colegiada AO13008 | Centro Sanitario NICA 69456

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