Es una de las preguntas que más miedo da hacer, y también una de las más importantes: «¿Y si remover todo esto me hace sentir peor?».
Si te la estás haciendo, quiero decirte dos cosas. La primera, que es una pregunta muy sensata. Si llevas tiempo protegiéndote de un dolor, tiene todo el sentido que te dé respeto acercarte a él. La segunda, que la respuesta honesta tiene dos partes: sí, durante el proceso pueden aparecer emociones intensas, y no, una terapia bien llevada no debería dejarte peor de lo que llegaste.
En este artículo quiero explicarte la diferencia entre una cosa y otra, y contarte cómo se cuida el proceso para que acercarte a tu historia sea seguro. Si todavía no conoces bien la terapia, te puede ayudar leer antes qué es la terapia EMDR y cómo funciona.
En resumen: después de una sesión de EMDR es normal sentir cansancio, emociones más intensas, sueños vívidos o recuerdos que vuelven durante unos días. Es parte del procesamiento. Lo que no es esperable es un malestar que no baja, que te impide funcionar o que te hace sentir desconectada o en peligro: en ese caso hay que revisar el ritmo con tu terapeuta. Para evitarlo, el EMDR empieza construyendo recursos y regulación emocional y, en el trauma complejo, puede trabajar primero el futuro y el presente, y acercarse al pasado poco a poco, a medida que la persona coge fuerzas.
Por qué pueden aparecer emociones intensas
Como te explicaba en cómo funciona la terapia EMDR, los recuerdos que se quedaron atascados guardan las emociones del momento en que ocurrieron. Mientras están «encerrados», a veces no los notamos demasiado, porque hemos aprendido a no tocarlos: evitamos ciertas situaciones, nos mantenemos ocupadas o nos desconectamos de lo que sentimos.
Cuando empezamos a procesarlos, esas emociones se mueven. Y moverse, a veces, se nota.
Es un poco como ordenar un armario que lleva años cerrado. Mientras la puerta está cerrada, la habitación parece en orden. Al abrirlo y empezar a sacar cosas, durante un rato hay más desorden que antes. Pero ese desorden es temporal y forma parte de ordenar. La diferencia está en cuánto sacas cada vez y en tener sitio donde ir colocando las cosas.
Además, el cerebro no deja de trabajar cuando sales de la consulta. Como vimos en qué se siente durante una sesión de EMDR, el procesamiento suele continuar durante horas o días.
Activación esperable: lo que suele ser normal
Estas son las reacciones más habituales entre sesiones. Pueden ser incómodas, pero suelen ser señal de que el proceso está en marcha:
- Cansancio, sobre todo la tarde de la sesión, como después de un esfuerzo físico.
- Sueños más intensos o vívidos, a veces relacionados con lo que trabajamos.
- Recuerdos que vuelven, incluso algunos que hacía tiempo que no aparecían.
- Emociones más a flor de piel: más ganas de llorar, más sensibilidad o algo de irritabilidad durante un par de días.
- Sensaciones en el cuerpo que van y vienen.
- Comprensiones nuevas que llegan de repente, paseando o en la ducha.
- O, al contrario, ligereza y alivio.
Lo que tienen en común estas reacciones es que:
- Son pasajeras: suelen durar desde unas horas hasta unos pocos días.
- Van bajando con el tiempo, en lugar de ir a más.
- Puedes manejarlas con los recursos que hemos practicado.
- No te impiden hacer tu vida, aunque quizá ese día prefieras un plan tranquilo.
Por ejemplo, Sara, de 29 años, me escribió tras su tercera sesión de reprocesamiento: «Esta noche he soñado con la casa de mis padres y me he levantado rara». Ese día estuvo algo más sensible. Usó la respiración y su lugar de calma, salió a caminar y por la tarde ya se encontraba bien. En la siguiente sesión lo revisamos: el sueño formaba parte de lo que su mente estaba ordenando.
Señales de que conviene revisar el proceso
Hay otras reacciones que no son el precio a pagar por la terapia, sino una señal de que quizá estamos yendo demasiado deprisa o de que hace falta reforzar algo antes de seguir. No significan que lo hayas hecho mal ni que el EMDR no sea para ti. Significan que tenemos que ajustar el ritmo.
Conviene que me lo cuentes si notas que:
- El malestar no baja, sino que se mantiene o aumenta durante más de unos días.
- No consigues calmarte ni con los recursos que hemos practicado.
- Te cuesta funcionar: no puedes ir a trabajar o a clase, dejas de comer o de dormir varios días seguidos.
- Te sientes desconectada: como en una niebla, lejos de ti misma, con lagunas de tiempo o con la sensación de que las cosas no son reales, y esto va a más.
- Las pesadillas o los recuerdos intrusivos se intensifican de forma sostenida.
- Aumentan conductas que usabas para aguantar: beber más, consumir, comer de forma descontrolada o aislarte.
- Te vuelve a resultar insoportable algo que ya manejabas en tu día a día.
Cuando aparece algo así, lo que hacemos es parar el reprocesamiento y volver a la estabilización: reforzar recursos, trabajar la regulación, revisar si hay algo en tu vida actual que necesita atención. No es un paso atrás. Es la forma de que el paso siguiente sea seguro.
Y algo muy importante: si en algún momento aparecen pensamientos de hacerte daño o de que no quieres seguir viviendo, no esperes a la siguiente sesión. Contacta conmigo, habla con alguien de confianza y llama al 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible las 24 horas. Si hay un peligro inmediato, llama al 112.
La preparación: el trabajo que no se ve, pero lo sostiene todo
Si hay algo que diferencia un EMDR bien hecho de uno precipitado, es la preparación. Ya te lo contaba en las ocho fases del protocolo EMDR: antes de acercarnos a ningún recuerdo difícil, nos aseguramos de que tienes con qué sostenerte.
Para entenderlo, me gusta usar la idea de la ventana de tolerancia. Es el margen dentro del cual puedes sentir emociones, incluso intensas, sin que te desborden. Por encima de esa ventana está la sobreactivación: ansiedad, pánico, rabia, sensación de peligro. Por debajo, la desconexión: entumecimiento, vacío, sensación de no estar. El procesamiento funciona bien dentro de la ventana. Fuera de ella, el cerebro vuelve al modo supervivencia y, en lugar de procesar, revive.
La preparación sirve, precisamente, para ensanchar esa ventana y para que aprendas a volver a ella cuando te sales.
La instalación de recursos
Una parte central de la preparación es lo que en EMDR llamamos instalación de recursos. Consiste en identificar experiencias, imágenes o sensaciones que te hacen sentir bien, segura o capaz, y fortalecerlas con series cortas y lentas de estimulación bilateral, para que estén más disponibles cuando las necesites.
Algunos de los recursos que trabajamos más a menudo son:
- El lugar de calma: un sitio, real o imaginado, donde te sientes en paz.
- Figuras de apoyo: personas, reales o simbólicas, que te transmiten protección o cariño. Una abuela, una profesora, un amigo, un personaje que admiras, incluso una mascota.
- Momentos de competencia: situaciones en las que te sentiste capaz, fuerte o orgullosa de ti.
- Recursos corporales: notar los pies en el suelo, una postura que te da firmeza, una forma de respirar que te calma.
- El contenedor: una imagen en la que puedes «guardar» lo que se ha removido hasta la siguiente sesión, para que no te acompañe durante toda la semana.
Lo bonito de estos recursos es que no solo sirven para la terapia. Muchas personas empiezan a usarlos en su día a día y notan cambios mucho antes de tocar ningún recuerdo difícil.
Por ejemplo, Irene, de 16 años, llegó a consulta con ataques de ansiedad en el instituto. Durante varias sesiones solo trabajamos recursos: construimos su lugar de calma (la playa de Almuñécar, al atardecer, con su perro) y una figura de apoyo (su entrenadora de baloncesto). Un día me contó, sorprendida: «Me empezó a dar en mitad de un examen, me imaginé a Lucía diciéndome “respira, tú puedes”, y se me pasó». Todavía no habíamos procesado nada del pasado. Pero ya tenía algo que antes no tenía: una forma de volver a sí misma.
Evitar la retraumatización
La retraumatización es lo que ocurre cuando, al acercarnos a un recuerdo, la persona no lo procesa, sino que lo revive como si estuviera pasando de nuevo, sin recursos para sostenerlo y sin sensación de seguridad. En lugar de cerrar la herida, se vuelve a abrir.
Evitarla es una prioridad en mi forma de trabajar, y se consigue con varias cosas a la vez:
- No trabajar ningún recuerdo hasta tener recursos suficientes. La preparación no se salta, ni se acorta para «ir más rápido».
- Respetar tu ritmo y tus límites. Tú decides qué se trabaja y cuándo. Siempre tienes la señal de stop.
- Mantener la atención dual. Una parte de ti conecta con el recuerdo y otra se queda aquí, en el presente, a salvo. Si veo que te estás yendo «dentro» del recuerdo, paramos y te ayudo a volver.
- Dosificar. No hace falta procesar un recuerdo entero de una vez. Podemos trabajar fragmentos, poner distancia (imaginarlo en una pantalla lejana, en blanco y negro) o detenernos antes de que la intensidad sea demasiado alta.
- Cerrar siempre en calma. Ninguna sesión termina con la persona desbordada.
- Revisar cada semana cómo estás, y ajustar el plan si hace falta.
Empezar por el futuro y el presente, y llegar al pasado cuando haya fuerzas
En el protocolo estándar del EMDR, el orden habitual es pasado, presente y futuro: primero se trabajan los recuerdos que están en el origen, luego las situaciones actuales que los disparan y, por último, cómo quieres afrontar el futuro. Es el orden que te describí en cómo es una sesión de EMDR, y funciona muy bien en muchas personas, sobre todo con traumas únicos y buenos recursos.
Pero cuando hay trauma complejo, mucho dolor acumulado o pocos recursos para sostenerlo, ir directamente al pasado puede ser demasiado. Para estos casos existe una adaptación conocida como protocolo invertido, que hace justo lo contrario: empieza por el futuro, sigue por el presente y llega al pasado cuando la persona tiene fuerzas para ello.
Así es como suele funcionar:
1. Primero, el futuro. Trabajamos cómo te gustaría estar, sentirte y responder en situaciones que hoy te cuestan. Imaginamos ese futuro y fortalecemos los recursos que necesitarías para vivirlo. Es un trabajo que construye en lugar de remover: te da una dirección y te recuerda que hay algo hacia lo que caminar.
2. Después, el presente. Abordamos los disparadores de tu día a día: las situaciones concretas que hoy te activan, como una discusión, entrar en un grupo o quedarte sola por la noche. Trabajarlas suele aliviar mucho el malestar diario y, de paso, ensancha tu ventana de tolerancia.
3. Y, cuando estés preparada, el pasado. Con más recursos, más estabilidad y la experiencia de que el proceso es seguro, nos acercamos a los recuerdos más antiguos y dolorosos. Y lo hacemos de forma gradual, empezando por los menos intensos.
Es como aprender a nadar. Nadie te lleva a mar abierto el primer día. Primero te familiarizas con el agua donde haces pie, aprendes a flotar, a respirar, a volver a la orilla. Cuando ya confías en tu cuerpo y en el agua, te alejas un poco más. El mar es el mismo, pero tú ya no eres la misma que el primer día.
Te pongo un ejemplo. Lola, de 44 años, creció en una casa con mucha violencia y, de adulta, vivió una relación de maltrato. Llegó con ataques de pánico, insomnio y una sensación constante de amenaza. Ir directamente a los recuerdos de la infancia habría sido demasiado. Empezamos por el futuro: imaginarse dentro de unos meses durmiendo una noche entera, quedando con amigas, sintiéndose tranquila en su propia casa. Después trabajamos el presente: el sobresalto cuando sonaba el timbre, el miedo a quedarse sola por la noche. Varios meses después, con más estabilidad, me dijo: «Creo que ya puedo mirar lo de mi padre». Y pudimos hacerlo, despacio, sin que la arrasara.
Si te reconoces en este tipo de historia, puede interesarte leer más sobre cómo trabajo el trauma complejo.
Lo que me gustaría que te llevaras
El EMDR no está pensado para hacerte pasar por lo peor de tu historia de golpe. Está pensado para que puedas acercarte a ella desde un lugar seguro, con recursos, a tu ritmo y acompañada.
Durante el proceso puede haber momentos incómodos, y eso es normal. Pero el malestar que no baja, que te desborda o que te desconecta no es «parte del precio»: es información, y nos dice que hay que ajustar algo. Por eso es tan importante que me cuentes cómo estás entre sesiones.
Ir despacio, cuando hace falta, no es ir más lento. Es la forma más segura de llegar.
Un proceso cuidado, desde el primer día
Soy Carmen María, psicóloga sanitaria especializada en EMDR y en trauma psicológico. Acompaño a adolescentes y adultos con trauma y trauma complejo, apego ansioso, relaciones tóxicas, ansiedad y duelo, integrando el EMDR con el trabajo corporal y el modelo de partes (IFS).
En mi forma de trabajar, la seguridad va primero: dedico a la preparación y a la instalación de recursos el tiempo que cada persona necesita, adapto el orden del trabajo cuando la historia lo pide y no toco ningún recuerdo hasta que tienes con qué sostenerlo.
Atiendo de forma presencial en el barrio del Zaidín, en Granada, y también online.
Si te da miedo empezar porque temes remover demasiado, escríbeme y lo hablamos. Ese miedo también tiene un lugar en la terapia, y empezaremos por ahí.
¿Quieres dar el primer paso?
Si te identificas con esto y buscas acompañamiento en tu proceso de cambio, puedes escribirme a través del formulario rápido o por WhatsApp para valorar tu caso y agendar una primera sesión.
¿Quieres conocer los precios? Consulta mis tarifas y bonos de sesiones.
Carmen María Martín Fuentes
Colegiada AO13008 | Centro Sanitario NICA 69456