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"Sentí que me moría, y solo estaba en el supermercado". "El corazón se me disparó, no podía respirar, pensé que me iba a desmayar". "Después, cuando pasó, no entendía qué había ocurrido, porque no había ningún peligro real". Si has vivido algo así, este artículo conecta directamente con varios de los que ya hemos visto en esta serie: las respuestas del sistema nervioso, especialmente la lucha y la huida, la ventana de tolerancia y la teoría polivagal. Vamos a entender qué es realmente un ataque de pánico y por qué, aunque dé muchísimo miedo, no es peligroso en sí mismo.

Qué es un ataque de pánico

Un ataque de pánico es una activación extrema y repentina del sistema nervioso, que pone en marcha, a máxima intensidad, la misma respuesta de lucha o huida de la que hablamos en artículos anteriores. El cuerpo se prepara para un peligro inminente: el corazón se acelera, la respiración se agita, pueden aparecer mareo, sudoración, temblor, sensación de ahogo, opresión en el pecho o incluso la sensación de estar a punto de perder el control o de morir.

Lo característico —y lo que genera tanta confusión y miedo— es que todo esto ocurre sin que exista, en la mayoría de los casos, una amenaza real y presente. El sistema nervioso reacciona como si hubiera un peligro de vida o muerte, aunque objetivamente estés haciendo la compra, conduciendo o sentada en el sofá de tu casa.

Por qué el cuerpo reacciona así sin un peligro real

Como hemos visto a lo largo de esta serie, el sistema nervioso no siempre distingue con precisión entre una amenaza del presente y una señal que se parece, aunque sea remotamente, a algo peligroso del pasado. Un ataque de pánico suele ser el resultado de una activación que se ha ido acumulando —tensión sostenida, hipervigilancia, emociones no procesadas— y que, en algún momento, sobrepasa la ventana de tolerancia de golpe, en lugar de hacerlo de forma progresiva.

Es como si el sistema nervioso, que llevaba tiempo funcionando cerca del límite, encontrara en un estímulo relativamente menor —un pensamiento, una sensación corporal, incluso una interpretación de esa misma activación— la señal que dispara la alarma máxima. Y una vez que esa alarma se activa, entra en juego algo muy importante de entender: el propio miedo a los síntomas del ataque de pánico alimenta el ataque de pánico. Notar que el corazón se acelera genera miedo, ese miedo activa todavía más al sistema nervioso, y esa mayor activación intensifica los síntomas físicos, en un círculo que se retroalimenta a gran velocidad.

Por qué da tanto miedo aunque no sea peligroso

Uno de los aspectos más importantes que quiero transmitir sobre los ataques de pánico es este: por muy aterradores que se sientan, no son peligrosos para tu salud física. El cuerpo humano está perfectamente preparado para tolerar picos de activación intensa —de hecho, es exactamente la misma respuesta que nos ha permitido sobrevivir como especie ante amenazas reales—. La sensación de "me voy a morir" o "voy a perder el control" es un síntoma más del pánico, no una señal fiable de que algo así vaya a ocurrir.

Esto no significa que haya que restarle importancia a lo que se siente: un ataque de pánico es una experiencia extremadamente intensa y desagradable. Pero entender que el cuerpo no está en peligro real, aunque lo sienta con toda la fuerza, es uno de los primeros pasos para reducir el miedo que retroalimenta el propio ataque.

La relación con experiencias traumáticas

Aunque los ataques de pánico pueden aparecer sin una historia de trauma detrás, es muy frecuente que, cuando sí la hay, actúen como una señal de que el sistema nervioso lleva tiempo funcionando en modo de alerta sostenida, sin espacio suficiente para descargar esa activación. También pueden aparecer como una versión extrema de lo que vimos al hablar de los flashbacks emocionales: el cuerpo reacciona con una intensidad que corresponde a una amenaza del pasado, aunque el detonante presente sea, en apariencia, mínimo o incluso inexistente.

Qué hacer durante un ataque de pánico

Recuérdate que no es peligroso, aunque se sienta así. Repetirte, aunque cueste creerlo en el momento, "esto es un pico de activación, mi cuerpo no está en peligro real, va a pasar" ayuda a no alimentar el círculo del miedo al miedo.

Alarga la exhalación. Como vimos al hablar de las herramientas para recuperar la sensación de seguridad, respirar de forma que la exhalación sea más larga que la inhalación —por ejemplo, inspirar en cuatro tiempos y espirar en seis u ocho— activa directamente el sistema nervioso parasimpático, ayudando al cuerpo a bajar la activación de forma progresiva.

Ancla los pies al suelo y nombra el entorno. Notar el contacto físico con el suelo y nombrar mentalmente algunos elementos concretos de tu alrededor ayuda a devolver la atención al momento presente, en lugar de a la espiral de pensamientos catastróficos.

No luches contra los síntomas ni intentes detenerlos a la fuerza. Paradójicamente, resistirte con fuerza al pánico suele intensificarlo. Permitir que la sensación esté ahí, sabiendo que va a bajar por sí sola —los ataques de pánico rara vez duran más de veinte o treinta minutos en su punto más intenso—, suele acortar el episodio.

Busca un punto de apoyo si lo necesitas. Sentarte, apoyarte contra una pared o buscar la compañía de alguien de confianza puede ayudar a que el cuerpo encuentre más rápido el camino de vuelta a la calma.

Cómo se trabaja el pánico en terapia

El trabajo terapéutico con los ataques de pánico no se limita a gestionar los episodios puntuales, sino que busca entender por qué el sistema nervioso ha llegado a acumular tanta activación como para desbordarse de esa manera. Esto suele implicar revisar el nivel general de alerta con el que la persona convive en su día a día —muchas veces sin ser del todo consciente de ello— y, cuando existe una historia traumática de base, procesar las experiencias que mantienen al sistema nervioso funcionando cerca de su límite.

En mi trabajo con EMDR, esto pasa por identificar y procesar las memorias que alimentan esa activación sostenida, además de trabajar directamente sobre la ampliación de la ventana de tolerancia, para que el sistema nervioso necesite mucha más acumulación antes de llegar a un pico de esta intensidad. Con el tiempo, la mayoría de las personas no solo reducen la frecuencia de los ataques, sino que también pierden el miedo anticipatorio a que vuelvan a aparecer, que muchas veces genera tanto malestar como el propio ataque en sí.


Si los ataques de pánico están empezando a condicionar tu día a día, en terapia trabajo con EMDR para ayudarte a llegar a la raíz de esa activación sostenida y recuperar una sensación de calma más estable. ponerte en contacto conmigo

Nota: este artículo tiene un carácter informativo. Si experimentas ataques de pánico de forma recurrente, es recomendable que lo consultes con un profesional de la salud para descartar otras causas y recibir un acompañamiento adecuado.

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Carmen María Martín Fuentes
Colegiada AO13008 | Centro Sanitario NICA 69456

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