En el artículo sobre las respuestas del sistema nervioso ante el peligro vimos, de forma general, las cinco estrategias automáticas que tu organismo pone en marcha para protegerte: lucha, huida, congelación, colapso y sumisión. Hoy quiero pararme en la primera de ellas, porque suele ser una de las más incomprendidas —también por quien la vive— y una de las que más culpa genera después: la respuesta de lucha.
Qué es, en realidad, la respuesta de lucha
Cuando el sistema nervioso detecta una amenaza y valora que hay recursos suficientes para hacerle frente, activa la respuesta de lucha: el cuerpo se prepara para defenderse. Sube la adrenalina, se tensa la musculatura, se acelera el corazón, y aparece una energía intensa cuyo único objetivo es protegerte.
Esto no tiene nada que ver con "tener mal carácter" ni con ser una persona agresiva. Es una respuesta fisiológica automática, la misma que ha permitido sobrevivir a cualquier ser humano a lo largo de la historia. El problema no es que exista: el problema es cuando se activa una y otra vez ante situaciones del presente que, en realidad, no requieren defenderse de nada.
Cómo se ve esta respuesta en el día a día
Casi nunca se manifiesta como una pelea física. Se disfraza de formas mucho más cotidianas y, por eso, mucho más difíciles de reconocer:
Una discusión que se te va de las manos y termina siendo mucho más intensa de lo que la situación pedía. La necesidad de tener siempre la razón, aunque en el fondo sepas que no merece la pena seguir discutiendo. Irritabilidad que aparece "de la nada" ante comentarios que, en otro momento, no te habrían afectado tanto. Una actitud defensiva casi automática cuando sientes que algo pone en duda lo que has dicho o hecho. Dificultad para ceder o para pedir perdón, incluso cuando en el fondo lo deseas.
Si te reconoces en alguna de estas descripciones, es muy probable que no se trate de un problema de carácter, sino de un sistema nervioso que aprendió, en algún momento, que atacar primero era más seguro que esperar a ver qué pasaba.
Por qué el enfado se convirtió en tu forma de protegerte
La respuesta de lucha suele desarrollarse en contextos donde, de alguna manera, mostrarse fuerte o beligerante ofrecía algo de control sobre una situación que, de otro modo, se sentía completamente fuera de control. Puede haberse aprendido en una infancia donde el enfado era la única forma de ser escuchada, en un entorno donde bajar la guardia significaba quedar expuesta, o en relaciones donde ceder se convertía siempre en una forma de perder.
Con el tiempo, esa estrategia se automatiza. Ya no hace falta que exista un peligro real para que se active: basta con que algo en el presente —un tono de voz, una crítica, una sensación de no ser escuchada— se parezca lo suficiente a lo que en su momento sí fue una amenaza real. El sistema nervioso no revisa fechas: reacciona con la misma intensidad de entonces, aunque hoy la situación no lo requiera.
La culpa que suele venir después
Algo muy característico de la respuesta de lucha es lo que ocurre cuando pasa la tormenta. Después de una reacción desproporcionada suele aparecer la vergüenza, el arrepentimiento, la sensación de "otra vez lo he hecho" o "no sé por qué reacciono así". Y esa culpa, lejos de ayudar, muchas veces alimenta el ciclo: cuanto más se reprime el enfado por miedo a la propia reacción, más presión acumula el sistema nervioso, y más probable es que vuelva a saltar con fuerza la próxima vez.
Por eso es tan importante dejar de mirar esta respuesta como un defecto de carácter que hay que controlar a base de fuerza de voluntad, y empezar a mirarla como lo que realmente es: una señal de alarma de un sistema nervioso que sigue defendiéndose de algo que, muy probablemente, ya no está presente.
¿Se puede trabajar la respuesta de lucha?
Sí. El objetivo del trabajo terapéutico no es eliminar el enfado —una emoción tan válida y necesaria como cualquier otra—, sino ayudar al sistema nervioso a distinguir mejor cuándo hay una amenaza real y cuándo está reaccionando a un eco del pasado. Esto implica, por un lado, procesar aquello que en su momento hizo que la lucha se convirtiera en la respuesta principal, y por otro, ir ampliando el margen entre lo que se siente y lo que se hace, para que la reacción deje de ser automática y se convierta en una elección.
Con el tiempo, esto no significa dejar de sentir enfado nunca más, sino poder sentirlo sin que tome el control por completo, y poder expresarlo de una forma que proteja la relación en lugar de dañarla.
Si notas que el enfado aparece con más intensidad de la que te gustaría y después te deja con sensación de culpa, en terapia trabajo con EMDR para ayudar a tu sistema nervioso a soltar esa alerta acumulada. Puedes escribirme desde la página de contacto.
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Carmen María Martín Fuentes
Colegiada AO13008 | Centro Sanitario NICA 69456