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Hay una frase que escucho en consulta con más frecuencia de la que te imaginas, casi siempre dicha en voz baja, como quien confiesa algo prohibido: "siento que hay algo malo en mí". No "hice algo malo" —de eso hablamos al analizar la culpa—. No "me da vergüenza lo que pasó" —de eso hablamos al hablar de la vergüenza tóxica—. Algo más profundo y más silencioso: la sensación de que, en el fondo, una misma es el problema.

Si esta frase te resulta familiar, quiero que sepas dos cosas antes de seguir leyendo: no estás sola sintiéndolo, y esa sensación, por muy real y muy antigua que te parezca, no es una verdad sobre ti. Es una creencia aprendida. Y lo que se aprende, se puede desaprender.

De dónde viene esta sensación

Nadie nace pensando que hay algo malo en sí mismo. Esta creencia se construye, casi siempre en la infancia, a partir de experiencias repetidas en las que el entorno —de forma directa o indirecta— transmitió el mensaje de que algo en ti no estaba bien: una crítica constante, una comparación permanente con otros, un cuidado inconsistente, un rechazo, una necesidad que nunca fue atendida.

Aquí conecta directamente con algo que vimos al hablar de la culpa infantil: cuando eres pequeña y dependes por completo de un adulto para sobrevivir, es psicológicamente mucho más soportable pensar "el problema soy yo" que aceptar "la persona que debía cuidarme no lo está haciendo bien". Esa segunda idea resulta demasiado amenazante para sostenerla a esa edad, así que la mente infantil elige la explicación que, paradójicamente, permite seguir sintiéndose a salvo: si el problema soy yo, entonces puedo intentar cambiar, esforzarme más, ser diferente… y quizás así consiga el cuidado que necesito.

Esa estrategia, en su momento, cumplió una función real de protección. El problema es que, con el paso de los años, deja de ser una estrategia y se convierte en una identidad.

Cómo esta creencia moldea tu forma de ver el mundo

Una vez instalada, esta creencia no se queda quieta: empieza a actuar como un filtro que interpreta la realidad a su favor. Como vimos al hablar de la dificultad para confiar en los demás, cuando en el fondo crees que hay algo malo en ti, es fácil interpretar cualquier distancia, cualquier silencio o cualquier crítica como una confirmación de esa creencia, aunque no tenga nada que ver contigo. El cerebro, de forma automática, tiende a buscar (y encontrar) pruebas que confirmen lo que ya cree, más que evidencia que lo contradiga.

Esto explica por qué, muchas veces, ni los logros ni el cariño recibido logran cambiar del todo esa sensación de fondo. Puedes tener éxito profesional, personas que te quieren, motivos objetivos para sentirte bien contigo misma, y aun así seguir cargando con la sospecha de que, en algún momento, se descubrirá que "en realidad" hay algo malo en ti. No es contradictorio: es exactamente cómo funciona una creencia nuclear profundamente arraigada.

Cómo se manifiesta en el día a día

Esta creencia rara vez se expresa de forma tan directa como "hay algo malo en mí". Suele disfrazarse de otras cosas:

Autocrítica constante y desproporcionada ante cualquier error, mucho más dura que la que aplicarías a otra persona. Necesidad de rendir al máximo o de agradar constantemente, como forma de compensar esa sensación de fondo. Dificultad para aceptar el cariño o el reconocimiento, porque contradice la creencia interna. Sensación de estar "actuando" un papel, con miedo a que en algún momento se descubra "quién eres realmente". Comparación constante con los demás, siempre saliendo perdedora en esa comparación.

Cómo se trabaja esta creencia en terapia

En el trabajo terapéutico con trauma, especialmente en EMDR, a esto lo llamamos creencia negativa nuclear: una idea profundamente arraigada sobre una misma —"no valgo", "no soy suficiente", "hay algo malo en mí"— que se formó a partir de experiencias concretas y que, desde entonces, actúa como una especie de lente a través de la cual se interpreta todo lo demás.

El trabajo no consiste en argumentar en contra de esa creencia —decirte "eso no es verdad" rara vez cambia nada, porque, como en toda esta serie, este tipo de creencias no viven en el pensamiento racional, sino en la memoria emocional—. Consiste en identificar las experiencias concretas en las que se formó esa creencia y procesarlas, para que el cerebro pueda, por fin, actualizar la información: entender, no solo con la cabeza sino también a nivel emocional y corporal, que esa idea corresponde a lo que pasó entonces, no a quien eres ahora.

Con el tiempo, este proceso suele traducirse en un cambio muy significativo: la persona empieza a poder distinguir entre lo que le pasó y lo que es. Y en ese espacio, por pequeño que parezca al principio, empieza a caber una idea nueva, mucho más amable y mucho más cierta: que nunca hubo nada malo en ti; hubo, simplemente, algo que te faltó por recibir.


Si llevas tiempo sintiendo que hay algo malo en ti, por muchas pruebas en contra que tengas delante, en terapia trabajo con EMDR para ayudarte a llegar al origen de esa creencia y a construir una relación contigo misma desde un lugar más real y más amable. ponerte en contacto conmigo

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Carmen María Martín Fuentes
Colegiada AO13008 | Centro Sanitario NICA 69456

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