A lo largo de esta serie hemos hablado de las respuestas automáticas del sistema nervioso, de la vergüenza tóxica y de la culpa después del trauma. Hoy vamos a hablar de algo que, en consulta, aparece casi siempre como telón de fondo de todo lo demás: la dificultad para confiar en los demás. "Sé que no todo el mundo es igual, pero no puedo evitarlo", "me cuesta creer que alguien pueda quererme sin condiciones", "siempre estoy esperando el momento en que la otra persona me decepcione". Si te reconoces en frases así, quiero explicarte por qué pasa, y por qué no tiene nada que ver con ser una persona desconfiada "por naturaleza".
La confianza no es una decisión, es un aprendizaje del cuerpo
Solemos pensar en la confianza como algo racional: decides confiar en alguien porque, hasta ahora, se ha comportado de forma coherente y fiable. Pero, como hemos visto a lo largo de esta serie, el sistema nervioso no funciona solo con lógica. La confianza —o la desconfianza— se aprende de forma mucho más profunda, casi corporal, a través de las primeras experiencias de vínculo.
Cuando de pequeña tuviste una figura de referencia estable, que respondía de forma predecible a tus necesidades, tu sistema nervioso aprendió una lección fundamental: los demás pueden ser un lugar seguro. Pero cuando esa figura fue impredecible, ausente, o incluso la fuente del propio peligro, el aprendizaje fue el opuesto: acercarse a los demás implica riesgo. Y ese aprendizaje, como cualquier otro que hemos visto en esta serie, no se olvida solo porque hoy, racionalmente, sepas que no todo el mundo es así.
Cómo se relaciona con las respuestas del sistema nervioso
La desconfianza no aparece de la nada: suele estar directamente conectada con las estrategias de protección que ya conocemos de artículos anteriores. Si en su momento la lucha fue tu forma de protegerte, es posible que hoy te acerques a los demás a la defensiva, esperando el ataque antes incluso de que ocurra. Si fue la huida, puede que evites la cercanía real antes de arriesgarte a que te decepcionen. Y si fue la sumisión —de la que hablamos al analizar el patrón fawn—, es posible que confíes de forma casi automática y sin filtro, no porque sientas seguridad real, sino porque complacer y acercarte rápido fue, en su momento, la única manera de reducir el peligro.
Esto explica una paradoja que veo con frecuencia en consulta: hay personas a las que les cuesta confiar en absolutamente nadie, y hay otras que, aparentemente, confían "demasiado rápido" y de forma poco selectiva. Ambas cosas pueden ser, en el fondo, la misma herida expresada de dos formas distintas: un sistema nervioso que no aprendió a distinguir con claridad quién es realmente seguro y quién no.
Cuando desconfiar se mezcla con la vergüenza
En el artículo anterior hablamos de la vergüenza tóxica: esa sensación de fondo de no ser suficiente, de que si te conocieran de verdad, dejarían de quererte. Esta creencia alimenta directamente la dificultad para confiar, porque introduce una lógica muy dañina: si no confías del todo en nadie, nadie llegará a descubrir "lo que de verdad hay dentro de ti". La desconfianza, en estos casos, no protege solo de que los demás te hagan daño, sino de que confirmen aquello que en el fondo temes que sea cierto sobre ti misma.
Cómo se manifiesta en las relaciones
En el día a día, esta dificultad rara vez se presenta como "no confío en nadie" de forma explícita. Suele tomar formas más sutiles:
Analizar constantemente las intenciones detrás de lo que dice o hace la otra persona, buscando la "trampa" incluso cuando no la hay. Poner a prueba a las personas cercanas, de forma consciente o inconsciente, para comprobar si de verdad van a estar ahí. Sentir alivio, en el fondo, cuando una relación se rompe, porque confirma lo que ya "sabías" que iba a pasar. Dificultad para pedir ayuda, por la creencia de que apoyarte en alguien es exponerte a que te falle. Sentir que tienes que ganarte el cariño constantemente, porque no confías en que puedan quererte sin condiciones.
Cómo se trabaja la dificultad para confiar en terapia
Reconstruir la confianza no ocurre a base de repetirte que "no todo el mundo es igual" —aunque sea verdad, esa frase rara vez cambia nada, porque, como en toda esta serie, la desconfianza no vive en el pensamiento racional—. El trabajo pasa por dos niveles.
El primero es procesar las experiencias tempranas en las que se aprendió que los demás no eran un lugar seguro, para que esa herida deje de proyectarse automáticamente sobre cada nueva relación. El segundo es, poco a poco, ir experimentando —dentro de un vínculo seguro, como puede ser el propio espacio terapéutico— que sí es posible acercarse a alguien sin que ese acercamiento termine en daño. Con el tiempo, esa experiencia repetida de seguridad empieza a actualizar el aprendizaje antiguo, y el sistema nervioso deja de partir, por defecto, de la sospecha.
En mi trabajo con EMDR, esto significa identificar las memorias —muchas veces de la infancia— donde se instaló esa desconfianza de base, y procesarlas para que dejen de condicionar cómo te relacionas hoy. Es un trabajo que suele requerir paciencia, porque la confianza, precisamente por ser algo que se construye, necesita tiempo. Pero es, sin duda, uno de los cambios más profundos y transformadores que se pueden lograr en terapia.
Si notas que te cuesta confiar incluso en quienes te lo han demostrado, en terapia trabajo con EMDR para ayudarte a procesar el origen de esa desconfianza y a construir vínculos desde un lugar más seguro. ponerte en contacto conmigo
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Carmen María Martín Fuentes
Colegiada AO13008 | Centro Sanitario NICA 69456