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A lo largo de esta serie hemos hablado de qué es el trauma, de sus síntomas, de las cinco respuestas automáticas del sistema nervioso y de la ventana de tolerancia. Hay una emoción que ha ido apareciendo, casi de puntillas, en varios de esos artículos —al hablar de la congelación, de la sumisión, de la respuesta de lucha— y que merece un espacio propio, porque para muchas personas es la parte más pesada de cargar: la culpa.

En consulta es, probablemente, uno de los temas que más tiempo ocupa, y no porque la persona haya hecho algo malo, sino todo lo contrario: porque lleva años convencida de que sí lo hizo.

Por qué la culpa aparece con tanta frecuencia después de un trauma

Resulta paradójico, pero es uno de los patrones más consistentes en el trabajo con trauma: cuanto más indefensa fue la situación, más culpa suele sentir la persona. "Debería haber dicho algo", "podría haberme ido antes", "en el fondo yo lo permití", "si hubiera reaccionado diferente, no habría pasado". Frases así son extremadamente comunes, y casi nunca se corresponden con lo que realmente ocurrió.

Hay varias razones que explican por qué la mente se inclina hacia la culpa en lugar de hacia la comprensión:

Sentirse culpable da una falsa sensación de control. Es psicológicamente más soportable pensar "hice algo mal, y si lo hago diferente la próxima vez podré evitarlo" que aceptar "no tuve ningún control sobre lo que pasó". La culpa, por dolorosa que sea, ofrece la ilusión de que el mundo es predecible y de que, si hubiera actuado distinto, el resultado habría cambiado.

Las respuestas automáticas del sistema nervioso se juzgan como decisiones. Como vimos al hablar de la congelación y la sumisión, muchas de las reacciones que tuvimos ante una situación traumática no fueron elecciones conscientes, sino respuestas automáticas de un sistema nervioso protegiéndose de la única forma que tenía disponible. Pero con el paso del tiempo, la mente reinterpreta esas reacciones como si hubieran sido decisiones: "no me defendí" se convierte en "no quise defenderme", cuando en realidad el cuerpo se congeló y no hubo ninguna decisión de por medio.

El entorno, a veces sin mala intención, refuerza esa culpa. Preguntas como "¿por qué no dijiste nada?" o "¿por qué no te fuiste antes?" —aunque vengan de alguien que quiere ayudar— pueden reforzar la idea de que la persona tuvo más margen de maniobra del que realmente tuvo, sobre todo cuando la respuesta activada fue la congelación o la sumisión que vimos en artículos anteriores.

La culpa del superviviente

Existe una forma particular de culpa, muy frecuente y muy poco hablada: sentirse culpable simplemente por haber sobrevivido, por estar mejor que otras personas que vivieron la misma situación, o incluso por haber salido de una relación o un entorno dañino mientras otras personas queridas siguen dentro. Es habitual en quienes han superado una pérdida colectiva, un accidente, o quienes han logrado romper un ciclo familiar de maltrato mientras otros miembros de la familia siguen atrapados en él.

Esta culpa suele convivir con una sensación incómoda de "no tener derecho" a sentirse bien, a avanzar, o incluso a hablar abiertamente de lo vivido, precisamente porque implica reconocer que las cosas han mejorado.

Culpa en la infancia: por qué es aún más frecuente

Cuando el trauma ocurrió en la infancia, la culpa suele ser todavía más intensa, y tiene una explicación concreta: los niños pequeños no tienen la capacidad cognitiva de entender que un adulto puede fallar, hacer daño o no protegerlos. Es psicológicamente más soportable para un niño pensar "algo hice mal yo" que aceptar "la persona de la que dependo para sobrevivir no me está cuidando", porque esta segunda idea resulta demasiado amenazante para sostenerla a esa edad.

Esa culpa infantil, aprendida como mecanismo de protección, suele quedarse instalada mucho después de que la infancia haya terminado, funcionando en la vida adulta casi como una creencia de fondo: "si algo sale mal, seguramente sea culpa mía".

Cómo distinguir la culpa real de la culpa aprendida

No toda culpa es injustificada, por supuesto: hay situaciones en las que realmente cometimos un error y la culpa cumple su función de ayudarnos a repararlo o a no repetirlo. La diferencia está en hacerse una pregunta sencilla pero reveladora: ¿tenía yo, en ese momento concreto, con la información y los recursos que tenía entonces, una alternativa real?

Cuando la respuesta es no —porque el cuerpo se congeló, porque no había forma de anticipar lo que iba a pasar, porque la sumisión era la única opción disponible frente a alguien de quien dependías—, esa culpa no está señalando un error real. Está señalando una herida que todavía no ha sido procesada.

Cómo se trabaja la culpa en terapia

El objetivo del trabajo terapéutico no es convencerte con argumentos de que "no fue culpa tuya" —eso, a nivel racional, muchas personas ya lo saben, y sin embargo la culpa sigue ahí, porque no vive en el pensamiento racional, sino en el mismo lugar donde vive el resto de la memoria traumática—. Se trata de procesar la experiencia en la que esa culpa se instaló, para que el cuerpo pueda, por fin, actualizar la información: entender, no solo con la cabeza sino también a nivel emocional y corporal, que en aquel momento se hizo exactamente lo que se pudo hacer.

En mi trabajo con EMDR, esto implica volver a esa memoria con el acompañamiento adecuado, identificar la creencia negativa que quedó asociada a ella —muy a menudo del tipo "hice algo mal" o "podría haberlo evitado"— y procesarla hasta que deje de sostenerse con la misma fuerza. Con el tiempo, muchas personas describen un cambio muy significativo: pasan de repetirse "fue culpa mía" a poder decir, y sentir de verdad, "hice lo que pude con lo que tenía en ese momento".


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Carmen María Martín Fuentes
Colegiada AO13008 | Centro Sanitario NICA 69456

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