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"Antes esto me gustaba, y ahora simplemente… no siento nada". "Hago cosas que deberían darme placer, pero es como si las viviera desde fuera". "No estoy triste exactamente, es más como un vacío". Si te reconoces en algo de esto, este artículo conecta con varios de los que ya hemos visto en esta serie: la respuesta de colapso o desconexión, la ventana de tolerancia y la teoría polivagal. Hoy vamos a hablar de un síntoma que genera mucha confusión, porque a menudo no se identifica ni como tristeza ni como ansiedad, sino como una especie de "apagado" general: la anhedonia.

Qué es la anhedonia

La anhedonia es la dificultad o incapacidad para sentir placer o disfrute con actividades que antes resultaban agradables: la comida, la música, el contacto físico, los hobbies, incluso los vínculos cercanos. No es simplemente "estar de bajón": es una desconexión más de fondo con la propia capacidad de sentir, tanto lo agradable como, muchas veces, también lo desagradable.

Por eso suele describirse más como un vacío o una niebla que como una emoción concreta. La persona no necesariamente siente tristeza intensa: siente, sobre todo, ausencia de sensación. Y esa ausencia, paradójicamente, puede resultar todavía más difícil de sobrellevar que una emoción dolorosa, porque no hay nada claro a lo que agarrarse para entender qué está pasando.

Cómo se relaciona con el trauma y el sistema nervioso

Como vimos al hablar de la respuesta de colapso, cuando una amenaza es demasiado intensa o se prolonga en el tiempo, y ni la lucha, ni la huida, ni la congelación logran resolverla, el sistema nervioso puede recurrir a un último recurso: apagar la activación al mínimo. Esto no solo reduce el dolor emocional en el momento de la amenaza, sino que, cuando esa desconexión se mantiene en el tiempo, también reduce la capacidad general de sentir, incluidas las emociones positivas.

Esto conecta directamente con lo que vimos al hablar de la ventana de tolerancia y de la teoría polivagal: la anhedonia suele ser una manifestación del estado dorsal vagal —el de apagado— sostenido en el tiempo, más que un episodio puntual. El sistema nervioso, después de haber tenido que desconectarse repetidamente para sobrevivir a algo insoportable, puede quedarse instalado en ese estado incluso cuando el peligro real ya ha desaparecido, como una especie de modo de bajo consumo permanente.

Hay una lógica de protección detrás de esto, aunque resulte paradójica: si sentir con intensidad estuvo asociado, en algún momento, a un dolor muy grande, el sistema nervioso puede "decidir" —de forma completamente automática e inconsciente— que es más seguro no sentir tanto, ni lo malo ni lo bueno. El problema es que esta protección, con el tiempo, deja fuera también todo lo agradable de la vida.

No es lo mismo que "no tener ganas"

Es importante diferenciar la anhedonia de la simple falta de motivación puntual que todos experimentamos alguna vez. La anhedonia suele ser más persistente, y tiene una cualidad particular: la persona puede saber, a nivel racional, que algo "debería" gustarle —porque le gustaba antes, porque a la mayoría de personas les resulta agradable—, y aun así no conseguir sentir esa respuesta, por mucho que lo intente. Esa distancia entre lo que "debería sentir" y lo que realmente siente suele generar, además, una capa extra de confusión y de culpa.

Un ejemplo con el que me encuentro con frecuencia en consulta

Alguien que ha vivido una etapa especialmente dura —una relación desgastante, un duelo, un periodo de estrés sostenido— y que, incluso después de que esa etapa haya terminado, sigue sin recuperar del todo la capacidad de disfrutar. Retoma actividades que antes le encantaban, se rodea de las personas que quiere, y sin embargo todo le llega "amortiguado", como si hubiera un cristal entre ella y su propia vida. No es que no quiera sentir: es que su sistema nervioso, después de tanto tiempo protegiéndose desconectando, todavía no ha aprendido que ya es seguro volver a sentir con intensidad.

Cómo se trabaja la anhedonia en terapia

El objetivo terapéutico no es forzar la sensación de placer —eso no funciona así, y de hecho puede generar más frustración—, sino ayudar al sistema nervioso a salir, poco a poco, de ese estado de apagado sostenido. Esto implica, por un lado, procesar las experiencias que llevaron a esa desconexión, para que dejen de mantener al cuerpo en modo protección permanente. Por otro, ir reconectando de forma gradual con las sensaciones corporales, empezando muchas veces por cosas muy pequeñas y concretas —una textura, un sabor, un sonido— antes de esperar sentir placer en experiencias más complejas como una relación o un proyecto vital.

En mi trabajo con EMDR, este proceso suele ser especialmente delicado: se trata de ir ampliando la ventana de tolerancia con cuidado, respetando el ritmo que el sistema nervioso de cada persona pueda sostener, sin forzar una intensidad emocional para la que todavía no está preparado. Con el tiempo, muchas personas describen que empiezan a notar, de forma casi sorprendente, pequeños destellos de disfrute que llevaban mucho tiempo sin sentir. No es un interruptor que se enciende de golpe, sino un camino de vuelta, paso a paso, a la propia capacidad de sentir.

Algunos apoyos prácticos para el día a día

Estos apoyos no sustituyen el trabajo de fondo, pero pueden ayudar a que el sistema nervioso empiece a reencontrarse, poco a poco, con la capacidad de sentir:

Empieza por lo pequeño y lo sensorial, no por lo grande. En lugar de esperar disfrutar de un plan importante, practica notar micro-sensaciones agradables muy concretas: la temperatura del agua en la ducha, el primer sorbo de una bebida caliente, una textura suave al tacto. Son dosis pequeñas y manejables, mucho más accesibles para un sistema nervioso que lleva tiempo apagado.

Nombra la sensación, aunque sea mínima. Cuando notes algo remotamente agradable, aunque sea muy tenue, ponle palabras en voz alta o para ti misma ("esto se siente bien"). Nombrarlo ayuda a que el cerebro le preste un poco más de atención, en lugar de dejarlo pasar desapercibido como suele ocurrir cuando estamos en modo apagado.

No fuerces la intensidad. Si una actividad que antes te encantaba ahora se siente plana, no te exijas recuperar de golpe la misma intensidad de antes. Permítete sentir "un poco", sin la presión de que tiene que ser como era. Esa presión, paradójicamente, suele alejar todavía más la sensación.

Prioriza el cuerpo antes que la mente. El movimiento suave —caminar, estirar, bailar sin ningún objetivo— ayuda a reactivar la conexión con el cuerpo, que suele ser lo primero que se apaga en estados de desconexión prolongada. No hace falta que sea ejercicio intenso: el objetivo es sentir, no rendir.

Cuida la regularidad más que la intensidad. Repetir pequeños momentos de posible disfrute de forma constante —un café con calma cada mañana, cinco minutos de música que te gusta— suele ser más efectivo para reconectar con el placer que buscar una experiencia puntual muy intensa. El sistema nervioso responde mejor a la repetición sostenida que a los picos aislados.

Comparte lo que notas con alguien de confianza. Como vimos al hablar de la co-regulación, poner en palabras ante otra persona ese pequeño destello de disfrute —por pequeño que sea— puede ayudar a reforzarlo y a que se sienta más real.

Si después de un tiempo aplicando estos apoyos la sensación de vacío persiste, o si convive con tristeza intensa, desesperanza o pensamientos de que la vida no merece la pena, es importante que lo compartas con un profesional de la salud mental cuanto antes; puede ser señal de algo que necesita un abordaje más específico.


Si notas que hace tiempo que no disfrutas de nada, aunque objetivamente tu vida tenga cosas buenas, en terapia trabajo con EMDR para ayudarte a que tu sistema nervioso pueda, poco a poco, volver a sentir. ponerte en contacto conmigo

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Carmen María Martín Fuentes
Colegiada AO13008 | Centro Sanitario NICA 69456

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