"No recuerdo la última vez que me enfadé de verdad". "Cuando algo me molesta, se me hace un nudo por dentro pero no consigo decirlo". "Al final, en vez de enfadarme, me quedo callada y me distancio sin explicar por qué". Si te reconoces en algo de esto, este artículo conecta directamente con varios de los que ya hemos visto: la respuesta de lucha, la respuesta de sumisión y la dificultad para poner límites. Hoy vamos a hablar de una versión menos evidente pero igual de frecuente de todo esto: no saber enfadarse.
El enfado es una emoción, no un defecto
Antes de nada, conviene recordar algo que a veces se nos olvida: el enfado no es una emoción "mala" que hay que eliminar. Es una señal, tan legítima como la tristeza o el miedo, que aparece cuando algo importante para ti —un límite, una necesidad, un valor— ha sido pasado por alto. Como vimos al hablar de la respuesta de lucha, el enfado tiene una función biológica muy clara: movilizarte para defender lo que te importa.
El problema no es sentir enfado. El problema es cuando, en algún momento del pasado, expresarlo dejó de ser seguro, y el sistema nervioso aprendió a desconectarlo antes incluso de que llegue a hacerse consciente.
Cuando el enfado se vio mal en casa
Muchas personas que "no saben enfadarse" crecieron en entornos donde el enfado —el suyo propio, no necesariamente el ajeno— fue recibido con castigo, burla, retirada de cariño o incluso miedo por parte del adulto. "No me hables así", "vaya carácter que tienes", "como sigas así, no te voy a querer", o directamente el silencio y la distancia como respuesta a cualquier señal de disgusto. En hogares donde una figura de apego tenía, a su vez, un temperamento explosivo o impredecible, el mensaje aprendido puede ser todavía más directo: mostrar enfado es peligroso, porque es exactamente lo que hace daño cuando lo hacen los demás.
Ante este tipo de contextos, un niño tiene opciones muy limitadas. No puede irse, no puede imponerse a un adulto del que depende. Lo que sí puede hacer —como vimos al hablar de la respuesta de sumisión— es aprender a anticiparse, a complacer, a no generar conflicto. Y una parte fundamental de esa estrategia es desconectar el propio enfado antes de que llegue a expresarse, porque expresarlo ponía en riesgo el vínculo del que dependía su seguridad.
Con el tiempo, este aprendizaje deja de sentirse como una estrategia y empieza a sentirse, simplemente, como "así soy yo": una persona tranquila, que no se enfada casi nunca. Pero no es que el enfado haya desaparecido. Es que se desvió de camino.
Cuando el enfado no desaparece, se transforma: el estilo pasivo-agresivo
Aquí está una de las claves más importantes de este artículo: una emoción reprimida no deja de existir, solo cambia de forma de salir. Cuando el enfado directo no fue una opción disponible, es muy frecuente que encuentre una vía indirecta de expresión: el estilo pasivo-agresivo.
Esto puede tomar formas muy variadas: hacer un comentario con doble sentido en lugar de decir directamente lo que molesta, llegar tarde o "olvidarse" de algo importante para la otra persona sin reconocer que hay enfado detrás, responder con monosílabos y frialdad en lugar de explicar qué ha pasado, sabotear de forma sutil un plan que en realidad no querías hacer, o acumular pequeñas cosas hasta que, de forma aparentemente desproporcionada, todo estalla a la vez por un motivo mínimo.
Lo característico del estilo pasivo-agresivo es que permite expresar el enfado sin tener que reconocerlo abiertamente, ni ante la otra persona ni, muchas veces, ante una misma. Es una solución de compromiso que el sistema nervioso encuentra cuando el enfado directo se asoció, en su momento, con peligro: el malestar sale de alguna manera, pero de forma indirecta, lo suficientemente disimulada como para sentirse "segura".
Por qué cuesta tanto reconocerlo
Es muy habitual que quien tiene este patrón no se identifique como una persona enfadada, sino como alguien "tranquilo" o "que no da problemas" —recordando lo que vimos al hablar de la vergüenza tóxica y la sumisión, cualidades que además suelen valorarse socialmente—. Por eso, reconocer el propio estilo pasivo-agresivo suele requerir cierta valentía: implica aceptar que, debajo de esa calma aparente, hay un enfado real que no ha encontrado todavía una vía directa de expresión.
Cuando el enfado se expresa por exceso
No todo el mundo que tuvo dificultades con el enfado en su historia acaba reprimiéndolo por completo. En algunos casos ocurre justo lo contrario: el enfado se expresa de forma explosiva, con una intensidad que a veces ni la propia persona logra entender del todo. Gritos que aparecen antes de darse cuenta, reacciones desproporcionadas ante contratiempos pequeños, o una sensación de "perder el control" durante unos segundos, seguida casi siempre de un arrepentimiento profundo.
Esto tampoco es un problema de carácter, sino, con mucha frecuencia, la otra cara de la misma moneda: un sistema nervioso que aprendió que el enfado contenido no era escuchado, y que solo consiguiendo un nivel de activación muy alto lograba, por fin, hacerse notar. También puede tratarse de enfado acumulado durante mucho tiempo —como vimos al hablar del estilo pasivo-agresivo— que termina saliendo de golpe cuando ya no cabe más, o de una respuesta de lucha, de las que hablamos en un artículo anterior, que se activa con mucha facilidad porque en su momento fue la estrategia de protección más efectiva.
En estos casos, el trabajo terapéutico se apoya en protocolos específicos orientados a la regulación de la activación fisiológica, antes incluso de abordar el contenido emocional de fondo. Esto incluye entrenar la capacidad de identificar las primeras señales corporales del enfado —igual que en la represión, pero aquí con el objetivo de intervenir antes de que la activación llegue a su punto máximo—, técnicas de contención y anclaje que ayudan a introducir una pausa entre el impulso y la acción, y el trabajo con EMDR sobre las memorias que dieron origen a esa reactividad, para que el sistema nervioso deje de necesitar tanta intensidad para sentir que ha sido escuchado. El objetivo, igual que en la represión, no es eliminar el enfado, sino que deje de tomar el control por completo.
Cómo se trabaja esto en terapia
El objetivo del trabajo terapéutico no es "aprender a enfadarse más" en el sentido de volverse una persona más explosiva, sino todo lo contrario: recuperar el acceso directo a una emoción que en su momento tuvo que esconderse para sobrevivir, y aprender a expresarla de una forma que proteja tanto a la relación como a una misma.
En mi trabajo con EMDR, esto suele implicar procesar las experiencias tempranas en las que el enfado se asoció con peligro o con pérdida de cariño, para que esa asociación deje de dictar la reacción automática en el presente. En paralelo, se trabaja en identificar las señales corporales del enfado —esa tensión, ese nudo— cuando todavía son pequeñas, antes de que se transformen en distancia o en comentarios indirectos, para poder, poco a poco, ponerles palabras directas.
Con el tiempo, muchas personas describen un cambio que al principio puede resultar incómodo pero que termina siendo profundamente liberador: empiezan a notar el enfado como una sensación clara en el cuerpo, en lugar de como un malestar difuso que no saben de dónde viene, y aprenden que expresarlo, de la forma adecuada, no pone en peligro sus vínculos más importantes. Muchas veces, al contrario, los fortalece.
Si notas que el enfado se te escapa por otras vías —el silencio, la distancia, el sarcasmo— en lugar de poder expresarlo directamente, en terapia trabajo con EMDR para ayudarte a recuperar el acceso a esa emoción desde un lugar seguro. ponerte en contacto conmigo
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Carmen María Martín Fuentes
Colegiada AO13008 | Centro Sanitario NICA 69456