← Volver a la Biblioteca

En el artículo sobre las cinco respuestas del sistema nervioso y en el que dedicamos a la respuesta de lucha empezamos a desmontar una idea muy extendida: que nuestras reacciones automáticas ante el malestar son un problema de carácter. Hoy toca la segunda de estas estrategias de supervivencia, tan frecuente como poco reconocida: la respuesta de huida.

En más de una consulta he escuchado la misma frase, con distintas palabras: "en cuanto algo se pone difícil, necesito salir de ahí, y no siempre sé de qué estoy huyendo". Si te suena, este artículo es para ti.

Qué es la respuesta de huida

Cuando el sistema nervioso detecta una amenaza y valora que enfrentarla no es la opción más segura, activa la respuesta de huida: el cuerpo se prepara para alejarse del peligro lo antes posible. Es una estrategia tan antigua como la lucha, y con el mismo objetivo: ponerte a salvo.

El problema aparece cuando esta respuesta, aprendida en un contexto concreto —donde alejarse era efectivamente lo más seguro—, se queda instalada como patrón automático mucho después de que esa necesidad haya desaparecido. Entonces ya no huimos de un peligro real, sino de cualquier cosa que el sistema nervioso interprete como una posible amenaza: un conflicto, una conversación incómoda, incluso la intimidad emocional.

Cómo se manifiesta en la vida adulta

La huida rara vez implica salir corriendo literalmente. En consulta, suelo verla tomar formas mucho más sutiles y, precisamente por eso, más difíciles de identificar:

Cambiar de tema en cuanto una conversación se acerca a algo emocionalmente delicado. Llenar la agenda de compromisos y actividades hasta el punto de no dejar espacio para parar y sentir. Poner fin a una relación, un trabajo o un proyecto en cuanto empieza a exigir cierto grado de vulnerabilidad o compromiso real. Evitar sistemáticamente el conflicto, aunque eso signifique callarse cosas importantes. Recurrir a distracciones —el móvil, el trabajo, incluso el ejercicio compulsivo— como forma de no tener que quedarte a solas con lo que sientes.

Un ejemplo con el que me encuentro con frecuencia en consulta: una mujer que, cada vez que una relación de pareja empieza a ir en serio —cuando aparece la posibilidad real de intimidad y compromiso—, siente una necesidad casi irracional de poner distancia: encuentra defectos donde antes no los veía, empieza a posponer planes, se vuelve más fría sin saber muy bien por qué. Cuando exploramos su historia, aparece una infancia con una figura de apego imprevisible, donde acercarse demasiado emocionalmente solía terminar en decepción. Su sistema nervioso aprendió que la cercanía era, paradójicamente, más peligrosa que la distancia. Hoy, cuando alguien se acerca de verdad, ese aprendizaje antiguo se activa, y la huida —vestida de "no es el momento" o "no me convence"— toma el control.

Este patrón es especialmente frecuente en historias de trauma complejo y apego ansioso-evitativo, donde la cercanía se asoció en algún momento con dolor, decepción o pérdida de control, y donde alejarse se convirtió en la única forma disponible de protegerse.

Por qué cuesta tanto reconocerla

A diferencia de la lucha, que suele generar conflicto visible, la huida tiende a pasar desapercibida, e incluso a valorarse socialmente: "es una persona muy independiente", "necesita su espacio", "es muy activa, nunca para". Estas lecturas, aunque a veces sean ciertas, pueden estar ocultando una estrategia de evitación que impide que la persona experimente vínculos realmente seguros y sostenidos.

Por eso, en mi trabajo clínico, uno de los primeros pasos es ayudar a diferenciar entre una elección genuina —de verdad no querer algo— y una huida automática disfrazada de elección, que en realidad responde a una alarma antigua y no a un deseo real del presente.

Cómo se trabaja la respuesta de huida en terapia

El objetivo no es "obligarte" a quedarte en situaciones incómodas ni forzar una tolerancia al malestar que no es real. Se trata de algo más profundo: ayudar al sistema nervioso a experimentar, poco a poco y de forma segura, que es posible quedarse presente ante la incomodidad sin que eso signifique estar en peligro.

En mi experiencia trabajando con EMDR, esto pasa primero por identificar el origen de esa huida —el momento o los momentos en los que alejarse fue, efectivamente, lo más seguro que se podía hacer— y procesar esa memoria para que deje de dictar las reacciones del presente. A partir de ahí, se puede empezar a construir la capacidad de sostener la cercanía, el conflicto o la vulnerabilidad sin que el cuerpo interprete automáticamente que hay que salir corriendo.


Si reconoces este patrón en tus relaciones o en cómo afrontas los momentos difíciles, en terapia trabajo con EMDR para ayudarte a procesar el origen de esa huida y construir vínculos donde no haga falta escapar para sentirte a salvo. Puedes escribirme desde la página de contacto.

¿Quieres dar el primer paso?

Si te identificas con esto y buscas acompañamiento en tu proceso de cambio, puedes escribirme a través del formulario rápido o por WhatsApp para valorar tu caso y agendar una primera sesión.

¿Quieres conocer los precios? Consulta mis tarifas y bonos de sesiones.

Carmen María Martín Fuentes
Colegiada AO13008 | Centro Sanitario NICA 69456

Contacto Rápido