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Una de las cosas que más se repite en consulta es esta frase, dicha casi siempre con desconcierto: "con él saco lo peor de mí" o "no sé por qué reacciono así justo con la persona que más quiero". No es casualidad, y desde luego no es que la relación esté maldita. Tiene una explicación bastante clara cuando se mira desde el trauma y el apego.

Por qué el trauma aparece justo en la pareja

El sistema nervioso reserva sus alarmas para lo que importa. Con un compañero de trabajo o un conocido, la mayoría de nosotros mantiene cierta distancia emocional: no hay tanto en juego, así que tampoco hay tanta alarma.

La pareja es otra cosa. Es el vínculo que más se parece, en estructura, a aquellos primeros vínculos de la infancia: alguien de quien dependes emocionalmente, con quien compartes intimidad y vulnerabilidad, y cuya reacción te afecta de verdad. Por eso es, precisamente, donde el material antiguo tiene más probabilidades de despertarse. No es que la relación saque lo peor de ti: es que la relación toca donde duele, y ahí es donde tu sistema todavía tiene cosas sin resolver.

Cuando tu pareja se convierte, sin querer, en un disparador

Como vimos al hablar de los síntomas del trauma psicológico, el trauma no procesado se activa ante estímulos que se parecen, aunque sea remotamente, a lo que ocurrió. Y una pareja convive contigo: comparte tu casa, tu cama y tus discusiones, así que dispone de muchísimas más ocasiones de activar sin querer una alarma antigua.

Un tono de voz que sube. Una puerta que se cierra fuerte. Un silencio largo. Una frase como "tenemos que hablar". Un gesto de fastidio. Ninguna de esas cosas es, en sí misma, peligrosa. Pero si en tu historia un tono así precedía a algo doloroso, tu cuerpo reacciona antes de que tu cabeza pueda evaluar la situación real. Desde fuera parece una reacción desproporcionada; desde dentro es una respuesta perfectamente proporcionada... a otro momento.

Las defensas entran en la discusión

En el artículo sobre las respuestas del sistema nervioso ante el peligro vimos cinco formas automáticas de protegerse. En una discusión de pareja se ven casi en estado puro:

  • Lucha: la discusión sube de tono muy rápido, aparecen reproches, hay necesidad de tener razón o de defenderse de algo que ni siquiera se ha dicho todavía.
  • Huida: cambiar de tema, salir de la habitación, coger las llaves y marcharse, o dejar de contestar durante horas.
  • Congelación: quedarse en blanco en mitad de la conversación, no encontrar las palabras, sentir que el cuerpo no responde. Después aparece el clásico "se me ocurrió todo lo que quería decir dos horas más tarde".
  • Colapso: desconectar emocionalmente, sentir que ya da igual, no poder ni llorar.
  • Sumisión: ceder para que el conflicto acabe cuanto antes, pedir perdón sin saber muy bien por qué, o acabar consolando a la otra persona en una discusión que empezó por algo que te dolió a ti.

Ninguna de estas respuestas se elige. Y aquí está el problema práctico: dos personas en modo defensa no pueden resolver nada, porque ninguna de las dos está, en ese momento, en condiciones de escuchar.

El círculo que se forma entre los dos

Lo que hace especialmente difícil el trauma en pareja es que las defensas de uno activan las del otro, y se retroalimentan.

El caso más frecuente, y ya lo apuntamos al hablar del apego evitativo, es este: uno se acerca buscando reconexión —porque su alarma se calma con cercanía— y el otro se aleja buscando espacio —porque su alarma se calma con distancia—. Cuanto más persigue uno, más se retira el otro; y cuanto más se retira, más desesperada se vuelve la búsqueda del primero. Los dos están intentando calmarse, y los dos hacen exactamente lo que más desregula al otro.

Como explicamos en la ventana de tolerancia, en ese punto ya no hay una conversación entre dos adultos: hay dos sistemas nerviosos fuera de su margen, intentando sobrevivir a una discusión sobre quién no sacó la basura.

Lo que le ocurre a la otra persona

Esta parte se menciona poco, y es importante. Convivir con alguien que tiene heridas de trauma sin procesar también desgasta, y no por falta de amor.

Es habitual que la pareja sienta que camina sobre cáscaras de huevo, sin saber qué va a disparar la próxima reacción. Que interprete la desconexión o la evitación como rechazo o falta de interés. Que se sienta impotente al ver sufrir a alguien sin poder ayudar. O que acabe desarrollando su propia hipervigilancia, pendiente del estado de ánimo del otro, algo muy parecido a lo que describimos en por qué me siento siempre en alerta.

Nombrar esto no es repartir culpas. Es reconocer que el trauma, cuando entra en una pareja, afecta a los dos, aunque solo uno lo haya vivido.

La intimidad y el cuerpo

Hay un terreno donde todo esto se nota de forma especialmente delicada: la intimidad física. El cuerpo, como vimos en el cuerpo recuerda lo que la mente intenta olvidar, guarda memoria de lo vivido. Puede aparecer desconexión en momentos de cercanía, dificultad para estar presente, tensión sin causa aparente, o evitación de la intimidad sin que haya un problema en la relación ni falta de deseo hacia la pareja.

Cuando esto no se entiende, se interpreta como desinterés o rechazo personal, y se convierte en una herida más dentro de la relación. Cuando se entiende, deja de ser un problema entre los dos y pasa a ser algo que se puede acompañar.

Por qué conviene combinar terapia individual y de pareja

Llegamos a la parte más importante. Cuando el trauma está en medio de una relación, lo que mejor funciona no es elegir entre terapia individual o de pareja: es combinarlas, porque cada una hace algo que la otra no puede hacer.

La terapia individual procesa la herida. El origen de la alarma no está en la relación actual, así que no se puede resolver dentro de ella. Ahí es donde entra el trabajo con EMDR y con el cuerpo: procesar las experiencias que dejaron esa huella para que el presente deje de activarlas con la misma intensidad. Sin esta parte, la pareja puede aprender a gestionar mejor los conflictos, pero la alarma sigue disparándose igual de fuerte.

La terapia de pareja cambia la danza. Aunque una de las dos personas procese su historia, si el patrón de interacción entre ambas sigue siendo el mismo —perseguir y huir, atacar y bloquearse—, cada semana se vuelve a reproducir la dinámica que sostiene el problema. En el espacio de pareja se trabaja precisamente eso: reconocer el círculo, aprender a parar a tiempo, comunicar la necesidad en lugar de la protesta, y sobre todo aprender a reparar después de un desencuentro, que como vimos en cómo se forma el apego es lo que más construye seguridad en cualquier vínculo.

Trabajando ambas cosas a la vez ocurre algo muy potente: lo que se procesa en la terapia individual se puede practicar en la relación real, y lo que aparece en la relación real da material valioso para el trabajo individual. Es un círculo, pero esta vez en la dirección buena.

El mensaje con el que quiero que te quedes

Si en tu relación se repiten discusiones que se descontrolan, distancias que duelen o reacciones que después ninguno de los dos entiende, es muy posible que no sea un problema de incompatibilidad ni de falta de amor. Es muy posible que sean dos historias tocándose en los puntos donde todavía duelen. Y eso, con el acompañamiento adecuado, se puede trabajar.


Si te reconoces en esto, en terapia acompaño desde un enfoque de trauma y apego, con EMDR y herramientas somáticas, tanto en el trabajo individual como en la coordinación con un proceso de pareja cuando es lo que la situación necesita. Puedes escribirme desde la página de contacto.

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Si te identificas con esto y buscas acompañamiento en tu proceso de cambio, puedes escribirme a través del formulario rápido o por WhatsApp para valorar tu caso y agendar una primera sesión.

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Carmen María Martín Fuentes
Colegiada AO13008 | Centro Sanitario NICA 69456

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