← Volver a la Biblioteca

En esta biblioteca hemos recorrido dos grandes caminos: por un lado, qué es el trauma y cómo se queda grabado en el sistema nervioso; por otro, qué es el apego y cómo determina tu forma de relacionarte. Puede parecer que son dos temas distintos, pero en la práctica clínica son casi inseparables. Este artículo trata precisamente de eso: de cómo se cruzan, y de por qué entender ese cruce cambia por completo la forma de abordar lo que te pasa.

El apego decide, en parte, si algo se convierte en trauma

Esta es probablemente la idea más importante de todo el artículo, y la que más alivio suele generar cuando se entiende bien: no todo suceso difícil deja una herida traumática, y lo que marca gran parte de la diferencia es si hubo alguien disponible cuando ocurrió.

Un niño que vive algo duro —un accidente, una operación, un susto grande, una pérdida— y encuentra después a un adulto que lo sostiene, le pone palabras a lo ocurrido y le transmite calma, tiene muchas probabilidades de integrar esa experiencia sin que se convierta en trauma. El mismo niño, viviendo exactamente lo mismo pero sin nadie que lo acompañe emocionalmente después, tiene muchas más probabilidades de que aquello quede grabado como algo no procesado.

Dicho de forma directa: un buen apego funciona como amortiguador del trauma, y un apego inseguro lo amplifica. Por eso dos personas pueden vivir el mismo suceso y salir de él de forma tan distinta, algo que ya apuntábamos al hablar de por qué no todo el mundo desarrolla un trauma tras una experiencia difícil.

Cuando el trauma ocurre dentro del propio vínculo

Hay un segundo cruce, y es el más complejo de todos: cuando la herida no viene de un suceso externo, sino de la propia relación de apego. Aquí es donde entra lo que llamamos trauma relacional o trauma del desarrollo, que suele solaparse con el trauma complejo.

La diferencia es sustancial. Ante un trauma que ocurre fuera del vínculo —un accidente de tráfico, una catástrofe—, el sistema de apego puede activarse para buscar consuelo, y ese consuelo ayuda a reparar. Pero cuando el daño viene precisamente de la persona que debería consolarte, el sistema de apego se queda sin salida: te empuja a buscar a alguien que, a la vez, es la fuente del miedo. Esta es exactamente la contradicción que da origen al apego desorganizado, y también la razón por la que el trauma relacional afecta más profundamente a la identidad y a la forma de vincularse que un trauma puntual.

Ejemplos de situaciones donde trauma y apego se entrelazan

Para que se vea con claridad, algunos escenarios que aparecen con frecuencia en consulta:

Un mismo suceso, dos historias distintas. Dos niñas de ocho años sufren el mismo accidente de coche. A una, sus padres la abrazan, le explican lo que ha pasado y le permiten llorar y preguntar durante semanas. A la otra, se le dice "ya pasó, no hables más de eso" y se cambia de tema. Veinte años después, solo una de las dos tiene síntomas al subirse a un coche.

Acoso escolar sin un adulto disponible en casa. El acoso ya es doloroso de por sí, pero lo que a menudo lo convierte en una herida duradera es no haber tenido a nadie a quien contárselo, o haber recibido un "algo habrás hecho". El daño no es solo lo que hicieron los compañeros: es haber estado sola sosteniéndolo.

Un duelo en el que el adulto que quedaba estaba emocionalmente ausente. Cuando muere un padre o una madre, el impacto en el niño depende enormemente de cómo esté el adulto superviviente. Si esa figura queda desbordada por su propio dolor y desaparece emocionalmente durante años, el niño vive dos pérdidas a la vez: la del que murió y la del que se quedó.

Negligencia emocional sostenida, sin ningún "suceso" que señalar. Este es uno de los casos que más cuesta reconocer, porque la persona dice "a mí no me pasó nada". No hubo golpes ni gritos: simplemente, nadie preguntó nunca cómo estaba. Es un trauma por omisión, y suele estar detrás del apego evitativo.

Una figura de cuidado impredecible. Una madre o un padre con un problema de adicción, con un temperamento explosivo o con un malestar psicológico no atendido, que unas veces está cariñoso y otras es una amenaza. Aquí el consuelo y el miedo llegan de la misma fuente, y el sistema nervioso aprende a estar en alerta permanente dentro de la propia casa.

Una relación de pareja adulta dañina. El trauma relacional no ocurre solo en la infancia. Una relación de años marcada por la anulación, el control o la humillación puede instalar o reactivar patrones de apego inseguro en la vida adulta, aunque la infancia hubiera sido razonablemente buena.

La herida que se infecta: por qué el mayor riesgo es la soledad

Me gusta explicarlo con una imagen sencilla, porque suele entenderse mejor que cualquier definición técnica.

Cuando te haces una herida en la piel, el problema no termina en el corte. El corte, con cuidados básicos, cicatriza. El verdadero riesgo es que se infecte: que quede sucia, tapada, sin aire, y que lo que empezó siendo una herida limpia se convierta en algo bastante peor que el daño original.

Con las heridas emocionales pasa exactamente lo mismo. El suceso doloroso deja una herida, sí. Pero la complicación que de verdad hace daño a largo plazo, en la inmensa mayoría de los casos, es el aislamiento: dejar de contarlo, dejar de pedir ayuda, alejarte de la gente, convencerte de que nadie lo entendería, y quedarte sola sosteniéndolo. Esa soledad es la infección. Y como toda infección, se extiende: aparece la vergüenza, la sensación de que hay algo malo en ti, la desconfianza, y con el tiempo se hace más difícil dejar entrar a nadie.

La buena noticia es que la analogía se sostiene también en la otra dirección. Una herida infectada se puede tratar. Limpiar una herida escuece un poco al principio —igual que hablar de lo que duele—, pero es precisamente lo que permite que cicatrice de verdad, en lugar de quedarse encapsulada bajo la superficie. Y así como una herida física necesita aire y cuidado, una herida emocional necesita vínculo: alguien que la mire sin juzgar y acompañe el proceso de curarla.

Cómo trabajo yo esto

En mi consulta no trabajo el trauma por un lado y el apego por otro, porque en la vida real de las personas nunca vienen separados. Trabajo desde un enfoque de trauma y apego: mirando qué pasó, sí, pero también con quién estabas —o no estabas— cuando pasó, y cómo eso configuró tu forma de relacionarte hoy. Procesar el suceso sin reparar el vínculo suele dejar el trabajo a medias; y trabajar los patrones de relación sin tocar lo que los originó también.


Si te has reconocido en alguna de estas situaciones y quieres trabajarlas desde la raíz, en terapia te acompaño desde un enfoque de trauma y apego, con EMDR y herramientas somáticas, para que esa herida pueda cicatrizar en lugar de seguir cerrada en falso. Puedes escribirme desde la página de contacto.

¿Quieres dar el primer paso?

Si te identificas con esto y buscas acompañamiento en tu proceso de cambio, puedes escribirme a través del formulario rápido o por WhatsApp para valorar tu caso y agendar una primera sesión.

¿Quieres conocer los precios? Consulta mis tarifas y bonos de sesiones.

Carmen María Martín Fuentes
Colegiada AO13008 | Centro Sanitario NICA 69456

Contacto Rápido